Sobre ayunos simbólicos y jeans embarrados

El enfoque del Rab.

Por el Rab Emanuel Feldman

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Los periódicos nos pueden divertir o deprimir, o ambas cosas a la vez. A continuación, me referiré a dos noticias de reciente aparición, y las pongo a disposición de ustedes para que a) se diviertan, b) se depriman o c) ambas cosas.

1. Estudiantes graduados de la Universidad de Yale, en señal de protesta en demanda por una mejora en los beneficios y las asignaciones, deciden iniciar una huelga de hambre. Sin embargo, uno de los estudiantes ha informado que la huelga de hambre es sólo “simbólica” y que cuando tienen hambre, pueden comer.

Este “simbolismo” es la quintaesencia del siglo XXI, la exquisita manifestación de la mentalidad de una sociedad cuyo lema es “Todas las ventajas y ningún inconveniente”. Las posibilidades son infinitas.

A propósito, se me acaban de ocurrir algunas ideas: dar grandes cantidades de tzedaká en forma simbólica, o sea, que no nos cueste absolutamente nada; ayunar simbólicamente en Yom Kipur mientras disfrutamos de un buen bife (para nada simbólico) antes de Musaf; asistir simbólicamente al primer minián en una helada mañana invernal, mientras dormimos bien abrigados bajo las cobijas. Ya no es necesario quebrarse la espalda limpiando la casa para Pesaj, ni soportar durante una semana un estricto régimen de matzá, ni sentarse en la sucá mientras se nos congelan los huesos, porque todo eso puede hacerse de forma simbólica. Pensándolo bien, esto puede revolucionar el judaísmo y la idea seguramente les resultaría irresistible a millones de judíos no afiliados que vendrían corriendo a nuestras sinagogas y yeshivot. Olvídense de toda la infinita gama de ortodoxos. He aquí el precursor de un nuevo y poderoso movimiento en la vida judía, la onda del futuro: el Simbolismo Ortodoxo. ¡Sí, señoras y señores! ¡Ha llegado el momento de llevar a la práctica esta idea revolucionaria!

2. Nordstrom, la famosa cadena de tiendas norteamericana, ahora ofrece el último grito de la moda en ropa masculina: pantalones cubiertos de barro artificial. Los antiguos jeans raídos, prelavados y descoloridos con agujeros en las rodillas, ya pasaron de moda. Ahora uno puede lucir como un auténtico minero que acaba de regresar de un día agotador de trabajo en las minas de carbón. Como dice Nordstrom: “Porque no tienes miedo de agacharte y ensuciarte”.

También aquí las posibilidades son infinitas. Puedes dormir hasta cualquier hora, disfrutar de un tranquilo almuerzo con vermut al mediodía, pasarte toda la tarde tomando sol en la playa, y a la noche presentarte en una recepción con un pantalón vaquero cubierto de barro que da la impresión de que te pasaste el día entero trabajando como un burro, ordeñando vacas y arando los campos en la granja. Y lo mejor es que puedes hacerlo a menudo, porque los pantalones pre-embarrados son lavables. Y todo esto por apenas 425 dólares…

Parecería que estas dos noticias no tienen nada que ver una con la otra, pero de hecho están básicamente conectadas. Ambas nos dan la bienvenida al nuevo mundo virtual del siglo XXI, en el que nada es lo que parece ser y en el que, sin siquiera mover un dedo, uno puede obtener una gratificación y un reconocimiento instantáneos. Es el mundo sucedáneo de la falsedad y el artificio, en el cual te vuelves auténtico al ser un impostor y te vuelves genuino al ser falso: lo que los Sabios (Bava Batra 10b) llamaron un olam hafuj, un mundo invertido, un mundo con las patas para arriba.

A partir de lo dicho queda claro que mi reacción a todo esto es cualquier cosa menos diversión. Pero esta es la columna de “Pensándolo mejor”; y pensándolo mejor, tal vez mi reacción haya sido demasiado mordaz. Quizás se trate simplemente de una inocente demostración de la tendencia humana a regresar a la infancia. A los niños les encanta “jugar a que…”. En vez de sentirme molesto por los ayunos simbólicos y el barro falso, percibiéndolos como manifestaciones de un pernicioso deseo de engañar y mentir, podría pensar que quizás se trata solamente de una regresión a los juegos de la infancia. A fin de cuentas, todos nosotros, en algún momento de la vida, hemos “jugado a que…”. Por eso, dejemos que se disfracen de infatigables jornaleros y divirtámonos con el espectáculo.

En términos de las elecciones “a”, “b” y “c”, al comienzo de esta nota, me parece que yo elijo la opción “c”. ¿Y ustedes?