Lágrimas de Tishá BeAv

Tres historias reales.

Por Sothner, Schonfeld y Feldbaum

 

Es la agonía de las llamas crujientes que consumen el edificio lo que nos permitió la entrada al Cielo.
Es el terror de las madres oyendo los gritos de las multitudes sedientas de sangre acercándose cada vez más.
Es el último suspiro de seis millones de vidas apagadas; un tercio de nuestra nación, diezmado.
Es una vida diminuta, borrada antes de emerger.
Es un marido devoto, asesinado en su plenitud.
Es la agonía de niños separados de sus padres enfermos. La desconexión.
Las lágrimas de Tishá BeAv contienen dentro de sí todos los dolores.
Pero también pueden contener la simiente de nuestra redención.

 

 

1

Dolores de parto

Tehila Sothner

Miriam y Jana pasaron junto a la puerta de la oficina. Ambas me saludaron.

─¿Qué tal te trata la vida de casada? ─preguntó Miriam.

Yo sonreí.

─Excelente, muchas gracias.

─¡Qué bien! ─dijo Jana, la más bulliciosa de las dos─. ¡Me alegro mucho! Espera un poco y ya vas a ver lo ocupada que vas a estar. Antes de que te des cuenta, vas a empezar a tener bebés.

─Ahí cambia todo. Disfruta de la luna de miel mientras puedas ─dijo Miriam, que ya tenía varios hijos─. ¿Cuánto hace que te casaste?

─Tres meses ─respondí.

─Guau, tres meses ya ─exclamó Miriam─. ¡Cómo vuela el tiempo! Me acuerdo de tu boda. ¡Fue preciosa!

─Miriam ─dijo Jana─, te apuesto a que antes de cumplir el primer año ya tendrá un bebé.

─ Sí, incluso es posible que ya esté embarazada. Pero olvídate de que nos diga algo. ¿Quién sabe?

Yo sonreí y me quedé callada. Dentro de mí gritaba una tenue vocecita. Esto es lo que les habría dicho, si la vergüenza-la timidez-las normas culturales-los buenos modales o lo que fuera no me taparan la boca:

Uno nunca puede saber por lo que está pasando la otra persona, así que no hagan conjeturas. No estoy enojada con ustedes ni me lastiman sus palabras. Yo sé que no lo hacen por maldad, pero acaban de tocar un punto sensible de mi corazón y no me puedo largar a llorar acá mismo. No puedo.

Sí, estoy embarazada.

Pero dentro de tres días ya no voy a estar más embarazada.

Mi bebé está muerto.

Así es como termina un embarazo.

Termina con las palabras del doctor, dichas con calma: “A esta altura yo hubiera esperado ver un embrión más grande, que se corresponda con los niveles hormonales”.

Termina con agujas pinchándote el brazo y los malos resultados de los análisis por los que rezaste para que salieran bien.

Termina con la callada señal del ecógrafo, con una mancha negra en la pantalla que con cada visita sucesiva va creciendo cada vez menos  y en el que las ondas del ritmo cardíaco se van volviendo más débiles, hasta que desaparecen por completo.

Termina cuando mi marido oye la noticia y me consuela, y yo trato de consolarlo a él, a pesar de las náuseas del primer trimestre, que resultan ser más duraderas que el mismo embarazo.

Paso los días siguientes como en una nebulosa. Llego al hospital y veo el cartel: “Hospital de Día”. Hablo en tono de broma con la recepcionista, le envío a mi marido mensajes de texto cómicos acerca de la decoración de la sala de espera y de las medias grises que me da la enfermera. Nada parece real.

Hasta que llega el enfermero para llevarme en la camilla.

Me despierto, vacía y con un dolor terrible. Debo seguir adelante.

Una amiga me lleva en su auto a casa. Después de varios meses sin vernos, habíamos quedado en almorzar juntas. Al final, resultó ser el mismo día en que recibí la llamada de teléfono informándome que mis niveles hormonales iban en descenso. El almuerzo fue justo después de que el médico me indicara que debía pedir turno para el raspado que acabaría con mi embarazo.

La verdad es que no tenía pensado hablar del tema, pero en un momento no aguanté más y se lo conté. Ella me contó que también había sufrido un aborto en su primer embarazo. Ese día, mientras hablábamos, su bebé balbuceaba en el asiento trasero. Se ofreció a irme a buscar al hospital y por eso ahora regreso a casa con ella, confusa por culpa de la anestesia. Ella entiende lo que estoy pasando.

Mi embarazo llegó a su fin en mi cumpleaños hebreo, al día siguiente de Tishá BeAv. No me di cuenta de la fecha cuando pedí el turno. Mi marido me prometió que cuando llegara a casa iríamos a comer un helado. Lo único que pude hacer fue tirarme en el sofá en estado de estupor y beber la taza de té que él me había preparado.

Varios días más tarde, mi mejor amiga dio a luz a un bebé. Y justamente dio a luz en el mismo hospital en el que había estado yo. Si su bebé hubiera estado listo para salir un poco antes, es posible que hubiéramos estado ahí al mismo tiempo…

Una de las primeras cosas que pensé, cuando me enteré de que estaba embarazada, fue que mi bebé podría ser amigo del de ella cuando crecieran. Pero ahora va a ser imposible que tengamos nuestros hijos mayores en el mismo grado. Quién sabe… Tal vez sean amigos a pesar de no tener la misma edad.

Nuevamente, me viene a la cabeza ese último domingo, la mañana de Tishá BeAv. Estoy sentada en el suelo del beit hakneset, congelada, sabiendo que el rabino me dijo que no debía ayunar a pesar de que al día siguiente mi embarazo iba a terminar. Mi mamá me sorprendió con su visita, y me trajo comida hecha en casa, para que no tuviera que cocinar. Valoré mucho su apoyo. Qué irónico que tendría que ayunar el día siguiente a Tishá BeAv, durante las ocho horas previas al raspado. Mi propio día de pérdida personal me separa del de la comunidad.

En el beit hakneset, cerca del mediodía, el rabino comparte sus pensamientos acerca de este día: “Pasamos por las Cruzadas, los pogromos, el Holocausto y todavía no llegó el Mashíaj ni la Redención”. Equipara la situación del Pueblo Judío en Tishá BeAv con la de una mujer que pasa por los dolores de parto, pero no tiene ningún bebé que sostener en los brazos.

Sus palabras resuenan en mis oídos. Me quedo sentada, aturdida, inmóvil. Apenas puedo creer lo que acabo de oír: es obvio que la inspiración Divina le puso las palabras en la boca. Tras una larga mañana de silencio entumecido, me largo a llorar.

Por mí misma, por el futuro perdido de mi hijo sin nacer, por mi nación.

 

2

Anhelos

Faigy Schonfeld

¿No es cierto que el bebé está más molesto en Tishá BeAv? Y además, uf… ¡el clima! Cada año que pasa se pone más y más caluroso. Me siento en un banco en el parque y empujo a mi bebé en la hamaca, y me siento culpable. Es Tishá BeAv, me digo a mí misma. ¡Eeeeeeeh, tú! ¿Escuchaste?

No me gusta pensar que soy una persona superficial. ¿De veras se me cae el mundo encima por tener un poco de hambre? ¡Y esto ni siquiera puede llamarse “hambre”! ¡Para nada! Apenas es un leve dolor que me sube de la panza. Pregúntenles a los sobrevivientes del Holocausto cómo es realmente “morirse de hambre”. Además, ¿no es cierto que Tishá BeAv es mucho más que el ayuno? ¿No es cierto que se trata del corte de una conexión tan intensa y tan hermosa que ni siquiera podemos imaginar?

Otra vez el bebé se puso a llorar. Con un suspiro, lo levanto de la hamaca, lo siento en el carrito y le doy una galletita. El calor es insoportable.

Yo sé la verdad. Yo sé que el galut es real, y es devastador. Yo sé que a todos nos ahoga con sus gigantes tenazas. Lo sé, pero… ¿acaso puedo negar el suspiro de alivio cuando por fin me siento a disfrutar de una taza de café con pastel de chocolate, apenas termina el ayuno? ¡Ay, cómo saboreo el chocolate derramándose por entre la masa que se desmigaja entre los dedos, mientras pienso en bañarme con agua caliente y mucho jabón!, ¡la ducha que me voy a dar mañana a la mañana! ¡Ah! ¡Y por fin voy a poder lavar la ropa! ¡Otra vez voy a poder disfrutar del precioso olor a suavizante cuando saque la ropa tibia de la secadora! Y —gracias, Hashem, ¡gracias!— ¡la música! ¡Mañana voy a poder escuchar música!

Sé que está mal disfrutar de esa liberación. Las Tres Semanas terminaron, pero el Beit HaMikdash todavía arde. Sin embargo, allí está: esa sensación de paz, impregnada de oportunidades dulces, de días en la playa claros y felices, sin el estorbo de la sombra del luto.

No es que piense que el galut no es triste. Pero me resulta un poco incómodo guardar mi iPod, no comprar ropa nueva y además ver crecer la montaña de la ropa sucia y, ¡ay!, Dios mío, ayunar. Lo que más me deprime es tener que crear un ambiente de tristeza, atenuar el natural deleite del verano y vestir la gloria con mortajas de duelo.

Desde el otro lado del parque, veo un carrito doble y detrás de él, una mujer delgada: Ruti Zayat. Me corre un escalofrío por la espalda. Es obvio que Ruti Zayat no tiene la necesidad de esforzarse por sentir tristeza. Ella perdió a su hijo este año, rajmaná litzlán, y estoy segura de que puede palpar el dolor y sentir hasta la última fibra sangrante de Tishá BeAv dentro de su alma.

¿Acaso eso es lo que estás esperando? ¿Que Hashem te envíe un recordatorio personalizado de nuestro amargo galut, Dios no lo permita? ¿No eres capaz de evocar ese mismo sentimiento sin necesidad de llegar a eso?

Esa voz santurrona llora dentro de mí. Y yo suspiro…

De regreso a casa, obligo a mi mente a dejar de pensar en la torta de queso y el café helado, y le pido que reflexione: ¿qué es lo que estamos lamentando? ¿Por qué estoy acá, en este día de verano caluroso y pegajoso miles de años después de aquel día tan terrible? De repente siento necesidad de llorar. Y sé que no es solamente un hogar y un Mikdash lo que tanto anhelamos, sino algo muchísimo más eterno, infinito y real. Lloramos por la conexión destruida, por la ruptura de una relación que en realidad lo es todo.

Esa misma noche, mientras disfruto la magia de mi café, de repente me doy cuenta. Tal vez no tengo necesidad de preocuparme de que Hashem me envíe un recordatorio del galut. El hecho de que Ruti Zayat haya perdido un hijo es desgarrador, como lo son todas las situaciones dolorosas que nos rodean, desde los bebés enfermos hasta los padres desolados, pasando por los amigos que no pueden tener hijos. Todo esto forma parte del “paquete” de nuestro exilio. Pero la esencia del galut es esencialmente quién soy, qué soy: un alma perdida en lo mundano que lucha por un resquicio de santidad, excluida de tocar la divinidad dentro de mí misma.

El día siguiente, al mediodía, pongo al bebé a dormir la siesta y con ansiedad busco mi iPod. Me reclino en el sofá y respiro profundamente. ¡Ah… mi amada música… la clave de sol de mi alma! Mis dedos golpean la pantalla brillante mientras busco la canción indicada para empezar. A ver, a ver…. algo fuerte, vibrante, alegre. Finalmente, elijo la canción perfecta y estoy a punto de presionar “play” cuando de golpe siento una molestia en el pecho.

Las Tres Semanas terminaron, pero el Beit HaMikdash todavía no ha sido reconstruido. ¿Sabías?

Mis dedos vuelven a la pantalla del iPod y enseguida las notas nostálgicas de Im Eshkajej Yerushalaim me llenan los oídos. En un rato volveré a la canción que había elegido al principio. Por ahora cierro los ojos y saboreo la añoranza otro minuto más.

 

3

Dolor y consuelo

Rebecca Bram Feldbaum

Tengo vagos recuerdos de cómo se conmemoraba Tishá BeAv en el pueblito sureño en el que nací. De noche leíamos un libro llamado Eijá. Yo trataba de leerlo en inglés, porque no entendía una sola palabra en hebreo. Pero la traducción al inglés me deprimía y me daba miedo.

Yo no había recibido una educación judía formal y no sabía valorar el Templo por el que supuestamente debíamos lamentarnos. Ni siquiera había oído hablar de las Tres Semanas. Lo único que sabía era que había un día específico del año en el que teníamos la “obligación” de estar tristes, pero el ayuno era “opcional”. El rabino, su esposa y algunos miembros de la congregación ayunaban no sólo de noche, sino veinticinco horas consecutivas. Ya me habían contado acerca de estos “ultraortodoxos” en las clases de judaísmo de los domingos. Eso me fascinaba: ¡imagínense ayunar un día entero, igual que en Yom Kipur!

Igual que yo, mucha gente de mi congregación no entendía realmente lo que sucedía. El único que parecía estar un poco compenetrado, fuera del rabino y la rebetzin, era un hombre mayor que había perdido a toda su familia en el Holocausto. Nosotros sabíamos que en Europa había recibido una educación judía muy buena, así que pensé que él sabía por qué nos reuníamos y tratábamos de estar tristes. La mayor parte de los congregantes se sentaban en los asientos fijos del beit hakneset pero él era uno de los pocos que se sentó en una silla baja, de shivá, que habían traído de la casa funeraria.

El siguiente recuerdo vívido que tengo de Tishá BeAv es de una década más tarde. Con los años, cada vez me volvía más observante, gracias a las actividades juveniles de la NCSY y el seminario Neve Yerushalaim. Conseguí mi primer puesto de trabajo en Washington D.C. y empecé a formar parte de la próspera comunidad judía de Silver Spring, Maryland. Hacía ya varios años que hacía “el ayuno entero” pero por algún motivo, este Tishá BeAv ocupa un lugar especial en mi recuerdo: Sentada en la sillita de plástico del beit hakneset, me sentía orgullosa de poder traducir parte de lo que el rabino leía con tonalidad triste.

Uno de los pesukim que logré entender hablaba de bitajón: La bondad de Hashem no ha cesado, ni se ha agotado Su compasión. Se renuevan cada mañana. ¡Grande es Su fidelidad! Hashem es mi porción, dice mi alma. Por eso confío en Él. Irónicamente, sentí cierta alegría por haber podido seguir la mayor parte del servicio.

A la mañana siguiente, fui al trabajo. Yo trabajaba para una organización judía en la que ninguno de mis colegas era observante. Al mediodía, mi jefe me llamó a su despacho para pedirme que me fuera. Los demás ya habían cortado el ayuno y se sentían culpables al verme a mí. Yo no tenía ningún problema en irme. De hecho, a esa altura ya tenía un tremendo dolor de cabeza y estaba deseando ir a casa a tirarme en la cama hasta que terminara el ayuno.

En los años siguientes, por algún extraño motivo, las palabras de Eijá y la solemnidad de la fecha siguieron casi sin afectarme. A decir verdad, me emocionaban mucho más los libros del Holocausto que devoraba. Esos libros los leía con pasión ardiente. Cuantas más observancias religiosas asumía, más sentía ese insaciable deseo de conocer la historia de mi pueblo. De hecho, así era como solía pasar la mañana de Tishá BeAv: leyendo un libro del Holocausto que compraba especialmente para la ocasión.

Llegó un año en el que el significado de Tishá BeAv estaba tan impregnado en mi alma que me dejó sin aliento. Durante años los rezos apenas me habían llegado al corazón, pero ese año los sentí surgir con furia.

Ocho meses antes, mi marido y el padre de mis cuatro pequeños hijos —todos menores de nueve años— había fallecido. Él tenía 40 y yo, 37. Cada día de esos ocho meses lo había llorado amargamente. Traté de mantener la fachada de que “todo está bien” para las amistades que me saludaban por la calle y para mis cuatro preciosas neshamot. Pero yo sabía que mi viaje acababa de comenzar, y eso me aterrorizaba.

Aquel Tishá BeAv puse a los niños a dormir, me senté en un banquito y empecé a leer Eijá. Casi instantáneamente, las lágrimas me nublaron la vista. ¿Cómo podía leer todo el sefer cuando ya en el primer pasuk comienza diciendo “¡Cómo ha quedado solitaria… La ciudad que estaba llena de gente se ha tornado viuda”.

En ese momento se apoderó de mí un nuevo nivel de angustia. ¿Cómo pude olvidarme de que Eijá empieza comparando a Jerusalem con una viuda? Ese año, por mucho que me esforcé en mantener el buen humor, sentí una soledad y una pena indescriptibles.

Esos pesukim me despedazaron. Las lágrimas me caían por las mejillas a borbotones. Me obligué a mí misma a terminar de leer el libro, pero fue un martirio. La angustia contenida empezó a derramarse nuevamente en mi alma con cada palabra que leía.

Viviendo en el siglo XX, siempre me había costado imaginarme la angustia que habían sentido mis antepasados al ver el Beit HaMikdash ardiendo en llamas. Ahora que había sufrido en carne propia una experiencia tan desgarradora y un dolor tan atroz, finalmente pude llorar por lo que ellos —y todos nosotros— habíamos perdido. Qué pensamiento tan simple, y a la vez tan verdadero: a veces lo único que hace falta es la pérdida de uno para poder sentir la pérdida de muchos.

No me gusta admitirlo, pero a pesar de aquella noche tumultuosa, durante muchos años más tuve una actitud displicente cada vez que se acercaba Tishá BeAv. Algo dentro de mí quería exclamar: “¡Yo estuve ahí! ¡Yo ya hice eso!”. Me daba terror dar un paso atrás y sentir otra vez aquel dolor tan intenso. Todo aquel que haya sufrido una pérdida profunda conoce las emociones latentes que surgen del cuerpo con fiereza tras la muerte de un ser querido. Y una vez que transcurren los días de shivá, de duelo, es muy difícil saber qué hacer con esos sentimientos que parecen dominar tu vida.

¿Realmente creo que la destrucción de los dos Batei HaMikdash y todas las calamidades que les acontecieron a los judíos en las Tres Semanas pueden compararse con la pérdida de un padre y marido? ¡En absoluto! Pero esa pérdida fue para mí un suceso catastrófico, y ese es mi Tishá BeAv personal.

Ahora, una vez más, Tishá BeAv está a la vuelta de la esquina. Ha habido muchos cambios en mi vida. Hashem me bendijo con nietos y me volví a casar y soy feliz. Les digo a mis hijas que vayan a escuchar Eijá mientras yo cuido a sus hijos. Prefiero leer esas palabras tan conmovedoras en la tranquilidad de mi propio hogar.

Le agradezco a Hashem porque la sonrisa que tengo en el rostro es genuina. Ya no tengo miedo de lamentar aquello que representa Tishá BeAv, porque sé que todos tienen sus altibajos en la vida y Hashem también nos da la maravillosa capacidad de seguir adelante, a pesar de todo.