Tenue control en La Habana

 

Por Ari Greenspan y Ari Z. Zivotofsky.

 

Cuba cuenta con doce millones de habitantes. Solamente dos de ellos son judíos observantes: Yaakov y Sara Berezniak, quienes sirven con devoción a la pequeña congregación del histórico Beit HaKneset Adat Israel, con la esperanza de insuflar nueva vida a una comunidad reducida por las fuerzas combinadas del comunismo y la asimilación. En su visita a la familia Berezniak, Ari y Ari, el dúo de Mishpajá, se encontraron con una mezcla de vistas, sonidos y experiencias, desde la costumbre de arrojar caramelos a autos antiguos hasta la intrépida búsqueda de un plato de cholent cubano.

Jueves a la mañana. Alrededor de quince hombres, la mayoría de ellos ancianos, se reúnen para rezar Shajarit. También hay presentes unas seis o siete mujeres. Un hombre joven de barba tupida, que lleva puesta una kipá negra grande y tzitzit, dirige los servicios. Dentro de todo, una escena bastante típica, excepto que nos encontramos en el único Beit HaKneset activo de toda Cuba.

La mención de Cuba evoca imágenes de la Bahía de Guantánamo, la Bahía de los Cochinos, gruesos cigarros y automóviles de la década del ’50. Son muy pocos los que identifican a Cuba con un floreciente centro de judaísmo. Sin embargo, a mediados del siglo XX, Cuba contaba con una considerable población judía, que tuvo sus orígenes en una oleada de judíos turcos que llegó a la isla buscando refugio ante la inestabilidad posterior a la Primera Guerra Mundial. Luego, en los años intermedios entre las dos guerras, llegaron todos aquellos ashkenazim a los que se les había negado el acceso a los Estados Unidos. Durante varias décadas, los judíos de Cuba vivieron con prosperidad, hasta que comenzó la revolución de Castro en 1959 y, con ella, la desolación espiritual. La Cuba que visitamos es un lugar triste, en el que una pequeña comunidad judía ha quedado atascada en el fango de la historia.

Doce millones de personas y dos judíos religiosos

Actualmente Cuba cuenta con doce millones de habitantes. Solamente dos de ellos son judíos observantes: Yaakov Berezniak y su esposa, Sara. Pero los Berezniak están tan empecinados en perpetuar el judaísmo que hasta es posible que lleguen a tener éxito y logren encender la chispa judía en Cuba. Decir que Yaakov es el pilar de la comunidad es subestimarlo; él está a cargo de absolutamente todo lo concerniente a los restos de lo que alguna vez fue una comunidad vibrante y activa.

Yaakov nació en una familia de activistas. En 1927, su padre se fue de Europa para ir a La Habana, donde ofició de shojet y presidió el Beit HaKneset. Durante ese período y luego de la Segunda Guerra Mundial, La Habana fue el paraíso de los ricos y famosos. Allí llegaron los grandes negocios y los casinos y, junto con ellos, la mafia. Una de las personalidades judías más famosas de esa época en La Habana fue el líder del crimen organizado judío-norteamericano, Meir Lansky. Nacido en Bielorrusia en 1902, Meir llegó junto con su familia a Nueva York cuando tenía nueve años. Algunos años más tarde, conoció a Bugsy Siegel, otro famoso gángster judío. Ambos entablaron una amistad y establecieron una sociedad “comercial” de por vida.

En la década del ’40, el presidente cubano General Fulgencio Batista les ofreció a Lansky y a la mafia, a cambio de sobornos, el control de los hipódromos y de los casinos de La Habana. Lansky y sus asociados, junto con el gobierno de Batista, crearon el proyecto “Las Vegas Latina” que, a pesar de ser muy corrupto, era muy rentable. Allí era donde los ricos y los poderosos disfrutaban de la buena vida. Sin embargo, todo esto llegó a su fin súbitamente cuando el 8 de enero de 1959 Fidel Castro entró a La Habana. Lansky se había escapado un día antes y el nuevo presidente provisional de Cuba, Manuel Urrutia Lleó, cerró los casinos y nacionalizó todos los casinos y los hoteles. En octubre de 1960, Castro declaró ilegales los juegos de azar, haciendo desaparecer por completo la base de recursos y las fuentes de ingresos de Lansky.

A diferencia de Lansky, los Berezniak permanecieron en Cuba. El padre de Yaakov manifestó un celo poco habitual en sus múltiples cargos de shojet, jazán, administrador del Beit HaKneset y coordinador de las actividades para jóvenes, especialmente en los difíciles años que siguieron a la revolución. Por ese entonces, La Habana contaba con un club cultural “sionista”, y el padre de Yaakov mantuvo vivo el judaísmo entre los jóvenes que se reunían allí.

Después fuimos a buscar el antiguo club sionista esperando encontrar algún remanente judío, tal vez libros viejos cubiertos de polvo o alguna mezuzá olvidada. Cuando encontramos el edificio, nos quedamos con la boca abierta: lo que alguna vez había sido el club sionista es hoy en día  —quién lo iba a decir— un centro cultural árabe. El actual director no sabía nada de la historia del lugar y no pudimos encontrar nada que hubiera quedado de aquella época, aunque hay varias menciones de Yerushalaim en las paredes.

Lamentablemente, el centro comunitario refleja el estado de los judíos cubanos en la actualidad. Si bien hoy en día hay oficialmente en Cuba tres sinagogas y mil cuatrocientos “judíos”, hay una sola sinagoga religiosa y tan sólo trescientos o cuatrocientos de esos “judíos” lo son desde el punto de vista halájico. Este lamentable panorama es producto de la huida de más del 90 % de la comunidad judía inmediatamente luego de la revolución, y la subsecuente tasa de matrimonios mixtos que llega al 100 %.

Mientras la comunidad sufría un silencioso proceso de desgaste, el padre de Yaakov mantuvo viva la pequeña comunidad religiosa. Cuando Yaakov tenía apenas once años, su padre, sabiendo que sufría una enfermedad en los riñones, llevó a Yaakov frente al Arón HaKodesh, abrió las puertas para que viera los sifrei Torá, y le hizo “jurar” que se ocuparía de los judíos de Cuba.

A los catorce años, el joven Yaakov ya era el jazán de Minjá y Maariv.  A los dieciséis, pasó a ser el tesorero de la sinagoga. Un año más tarde, su padre falleció y la comunidad quedó en sus manos. En ese sentido, Yaakov siguió adelante con la tradición familiar, desempeñando los mismos cargos que habían desempeñado su abuelo y su padre. Pero a pesar de que los tres eran shojatim y líderes comunitarios, había una gran diferencia entre Yaakov, y su padre y su abuelo: ¡estos eran halájicamente judíos pero él no!

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La entrada al cementerio ashkenazí de la isla. Cuba también cuenta con un cementerio sefaradí.

El ultimátum de la asimilación

¿Cómo fue que se produjo esta triste ironía? Tal como explica Yaakov, su padre se casó con una mujer no judía que había sido convertida por un “rabino” no observante porque —tal como él lo explica— “en Cuba después de la revolución, no quedaba otra…”. La gente no tenía permitido salir y la isla no contaba con ningún rabino observante que pudiera enseñarles Torá a los judíos. De hecho, son tan pocos los jóvenes judíos, explica Yaakov, que “en Cuba se debe tomar una decisión: o bien casarse con alguien no judío o directamente no formar una familia”. Como nadie es religioso, y cada tanto aparece algún reformista que hace “conversiones”, hasta el más grande cargo de conciencia respecto a los matrimonios mixtos termina acallándose.

Así fue como el único shojet, baal koré y baal tefilá de Cuba resultó no ser halájicamente judío. Él estudiaba Torá y cumplía mitzvot, rezaba tres veces por día y se encargaba de que siempre hubiera comida kasher para la comunidad. Yaakov se casó con una mujer no judía y la joven pareja observaba Shabat y kashrut, así como también taharat hamishpajá (logrando que la mikve kasher fuera renovada a través de la Federación de Dallas y el comité judío norteamericano del Joint).

A comienzos del 2010, Yaakov comprendió que la situación era insostenible: la única pareja religiosa de la isla técnicamente no era judía y el shojet (él mismo) en verdad no tenía la pericia necesaria. Yaakov se las arregló, con el generoso apoyo de la comunidad judía de Panamá, para viajar con su esposa a Israel con el fin de estudiar y hacer la conversión halájica con el Rabinato Principal de Israel. Rabí Eliahu Birnbaum, el director de la organización que ayudó a Yaakov, coordinó todo para que pudiera estudiar la teoría y la práctica de la shejitá con Ari Greenspan. Después de cuatro meses de estudios intensos, Ari Greenspan, Rabí Birnbaum y Ari Zivotofsky lo examinaron y le entregaron el certificado de shojet. Aunque no se estaba preparando para ser mohel, lo invitamos a una de nuestras aventuras halájicas para que observara al Rab Majpud llevando a cabo varias ceremonias de brit milá y comprara equipamiento para la shejitá en Yavne.

Yaakov y su esposa se convirtieron, volvieron a casarse con jupá y kidushín, y regresaron a Cuba como una pareja halájicamente judía para seguir guiando a la pequeña comunidad de la isla.

Un Beit haKneset repleto de cerraduras

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Transcurrieron los meses y Ari Greenspan cada vez estaba más ansioso por saber cómo le iba a su protegido, así que les propuso a Ari Zivotofsky y al Dr. Eitán Schuman (su colega shojet, mohel y aventurero de St. Louis, Missouri) ir de visita a Cuba y obtener una visión directa de la comunidad. Habiéndonos criado en los Estados Unidos, donde siempre se nos educó respecto al “brutal” régimen de Castro, todos emprendimos el viaje con bastante miedo. Pero la verdad es que lo que encontramos allí fue una grata sorpresa.

Los turistas israelíes necesitan visas para entrar a Cuba, pero no hay ninguna restricción de viaje. De hecho, es uno de los pocos lugares en el mundo en el que se recibe mejor a los israelíes que a los norteamericanos. Por lo general, entrar a Cuba desde los Estados Unidos está prohibido, debido al embargo comercial estadounidense, pero se puede obtener permiso por razones humanitarias, religiosas o educativas. De hecho, durante nuestra estadía nos encontramos con dos expertos oncólogos que habían venido a participar en una conferencia científica, así como también con varios judíos de Chicago que estaban en una misión de investigación médica.

Cada uno llegó en otro vuelo. Ari Greenspan llegó un día antes que Ari Zivotofsky y que Eitán. Con cada arribo debimos enfrentar la sorpresa que suele esperar a quien llega a un país del Tercer Mundo. Antes de permitirnos salir del aeropuerto, nos sometieron a un riguroso interrogatorio respecto al propósito de nuestra visita.

La aduana del aeropuerto es muy estricta, y los inspectores estuvieron una hora completa revisando cada artículo dentro del equipaje de Ari Greenspan. Cuando encontraron los equipos de tintura de tejelet, el polvo de la tintura les pareció sospechosamente similar a los narcóticos. La sospecha sólo pudo disiparse con los esfuerzos combinados de una prueba de drogas y el olfato de los perros de la brigada antidrogas. El otro objeto que despertó la sospecha de los inspectores era todavía más serio: los dos salames kasher empacados en Los Ángeles. Después de una breve explicación sobre lo que es la kashrut y un poco de “charla”, los de la aduana aceptaron confiscar solamente uno (probablemente para compartirlo entre ellos) y dejaron que Ari se llevara el otro, que después nos sirvió de cena a nosotros durante varios días.

A las nueve de la noche de su primer día en Cuba, Ari Greenspan iba caminando por las calles oscuras en dirección al Beit haKneset. La fuerte música latina y la gente caminando por las calles le recordó a barrios no tan agradables de la ciudad de Nueva York. Muy pronto se dio cuenta de que allí era completamente diferente. Durante toda la semana caminamos seguros y sin miedo por esas mismas calles.

Esa primera noche, Ari encontró el Beit HaKneset cerrado con llave detrás de dos portones. Un poco con su español y otro poco con pantomimas, Ari preguntó por Yaakov, mostrando con las manos que buscaba al judío de la barba. Los vecinos lo dirigieron hacia una puerta al final de una escalera empinada y oscura. Al llegar arriba, vio una mezuzá. Adentro del departamento encontró a un hombre con una gran kipá negra y tzitzit, sentado con su esposa, su abuela, su tío y su tía, y su madre, rodeados por la calidez del ambiente familiar, las menorás y fotografías de Israel. Ari había encontrado a su alumno Yaakov, quien mantuvo intacto su fervor a pesar de estar tan lejos de la Tierra Santa, y quien de alguna manera se las ingenia para reunir tres minianim diarios en el único Beit HaKneset observante de Cuba.

Sabíamos que iba a haber muchos impedimentos para encontrar un minián en Cuba, pero no habíamos tenido en cuenta los mosquitos entre los obstáculos potenciales. Siendo una isla tropical, Cuba viene luchando contra los mosquitos desde hace varios siglos (durante la guerra hispano-estadounidense, la fiebre amarilla mató en Cuba a más soldados norteamericanos de los que murieron en el campo de batalla). De hecho, no lejos de nuestro hotel se encontraba el sitio en el cual se llevó a cabo el experimento científico que descubrió que el mosquito era el transmisor de esa enfermedad. Sorprendentemente, excepto las dos tardes en que fumigaron el Beit haKneset contra los mosquitos debido a la epidemia de Dengue (transmitida por el mosquito aedes aegypti, y en cuyo honor ahora tenemos gorras que dicen “Campaña anti-aegypti”), no nos perdimos ni un solo minián en toda la semana que estuvimos en Cuba.

En la sinagoga, se reúne todo un elenco de personajes de libros de cuentos. Por ejemplo, un oriundo de Rumania de ochenta y siete años de edad estaba fascinado de poder hablar con nosotros en idish. Con el resto, nos comunicamos en nuestro español chapurreado, en inglés o a través de un intérprete. La mayoría de la comunidad hispanoparlante utiliza los antiguos y gastados sidurim Tehilat Hashem con traducción al español.

Como invitados de honor, nos ofrecieron los nuevos sidurim ArtScroll con traducción al español del 2010. Por el trato que les daban, uno podría pensar que estaban hechos de oro: uno de los congregantes nos los entregaba al comienzo de cada tefilá y los volvía a guardar bajo llave apenas terminaban los rezos. Una tarde, decidimos estudiar con la congregación el Pirkei Avot, y distribuimos algunos de esos sidurim ArtScroll entre las mujeres. Al terminar la plegaria, el “guardián del ArtScroll” contó los sidurim y cuando se dio cuenta de que faltaban algunos, salió corriendo a buscarlos en la sección de las mujeres para poder guardarlos.

De hecho, parecería que en Cuba todo tiene candado. Yaakov nos dijo que debido a que el hurto es muy frecuente, la sinagoga es uno de los lugares más seguros y muchas personas guardan allí sus bienes personales en cajas fuertes junto con sus talitot y tefilín. Yaakov tiene por lo menos cuatro cajas fuertes enormes en el Beit HaKneset en las que guarda todo, desde los sellos de la sinagoga hasta sus cuchillos de shejitá. Si bien actualmente logra reunir un minián, todavía recuerda que hace algunos años recurrió a una costumbre no halájica que él apodaba “el minián cubano”: ocho hombres y dos sifrei Torá, una dudosa extensión del ya cuestionable concepto de un minián formado por nueve hombres y un sefer Torá.

El minián es sólo un aspecto de las múltiples actividades diarias del Beit HaKneset. Luego de Shajarit, hay un pequeño desayuno, y luego de Minjá y Maariv, se sirve la cena. Para los ancianos jubilados que viven de las pensiones del gobierno comunista, estas comidas kasher son muy importantes. Una vez a la semana, todos los miembros de la comunidad reciben una canasta de compras con alimentos kasher. Toda esa comida kasher —incluyendo el guefilte fish que comimos cortado en rodajas, empanado y frito— llega como cortesía de la comunidad judía de Panamá, que donó un container entero, repleto de alimentos kasher y kasher de Pesaj para la congregación Adat Israel de Yaakov Berezniak, como así también arba minim para Sucot.

Luego del desayuno, varios hombres se quedaron sentados charlando, pero las mujeres se fueron directamente a trabajar. Utilizando una antigua máquina de coser, cosieron kipot con diversas imágenes, tales como un contorno de la Isla de Cuba, una bandera cubana, la palabra “Cuba” y un Maguén David. También hacen muñequitas de tela. Todo eso se vende a los pocos turistas que llegan y de esa manera se recaudan fondos para la sinagoga. No hace falta decir que les compramos algunos de los souvenirs artesanales.

Los asistentes habituales por lo general regresan temprano para Minjá y algunos incluso llegan una hora antes. En una de esas ocasiones, nos agasajaron con una exhibición de fotografías de los antepasados europeos de uno de los participantes, y en otra ocasión, cuando llegamos, Yaakov estaba dando una clase.

El túnel del tiempo comunista

People stand at the corner of a street in Havana
El túnel del tiempo. En las calles de La Habana todavía se ven automóviles de la década del ’50.

Durante nuestra estadía en Cuba, todo el tiempo encontramos contrastes y choques entre el pasado y el presente. La libertad religiosa en Cuba estuvo limitada hasta 1991, aunque las cinco sinagogas (desde entonces, una se derrumbó y otras se han cerrado) continuaron funcionando. Hoy en día, da la sensación de que los judíos tienen completa libertad para practicar su religión. Raúl Castro, quien sucedió a su hermano Fidel como presidente de Cuba, incluso asistió al encendido público de la menorá hace algunos años en el Patronato, evento difundido en su momento por la cadena nacional de televisión. La antigua (y tal vez cambiante) postura de Fidel Castro en contra de Israel no se ha filtrado en la población, y la mayoría de la gente con la que conversamos en la calle manifestaba o bien curiosidad o bien ignorancia respecto a Israel, pero no animosidad. De hecho, en los últimos años, este gobierno famoso por negar el Holocausto a nivel institucional ha erigido una menorá en recuerdo del Holocausto, sin colocar una placa, pero con guardias constantes subvencionados por el estado.

No encontramos ninguna manifestación de antisemitismo entre los cubanos; ellos apenas si saben qué es un judío. Ari Z. tiene barba larga, algo poco habitual en Cuba. A todos los lugares donde íbamos, la gente hacía alguna referencia a su barba y le preguntaba, medio en broma, si era pariente de Fidel Castro. Nosotros los mirábamos, sonreíamos y les decíamos: “Él es Fidel. ¡Viva la revolución!”. Siempre recibimos una gran sonrisa de respuesta.

Cuando decimos que Cuba es pobre, queremos decir muy pobre. El socialismo estricto rigió desde los comienzos de la década del ’60. Teóricamente, todo el mundo gana la misma suma y recibe los mismos servicios. ¡Pero el sueldo promedio es de treinta dólares por mes! El consumo de carne y pescado está regulado por raciones estrictas. En ese sentido, los judíos tienen suerte. Ellos tienen mayor acceso a la carne porque tienen permitido recibir carne kasher. Pero también eso está lejos de ser abundante. Cuando visitamos una carnicería con un cartel que anunciaba “basar kasher”, al entrar nos encontramos con una habitación vacía. Viniendo de una familia de shojatim, Yaakov recuerda cuando comenzó la revolución y el gobierno tomó el control de todas las carnicerías. Al comprender que eso implicaba el final de la carne kasher para los judíos de La Habana, el padre de Yaakov le escribió a Castro, explicando las necesidades especiales de la comunidad judía. Entonces su comercio recibió un permiso especial para permanecer abierto, y durante muchos años fue el único comercio independiente en la isla. Hoy en día, Yaakov hace shejitá una vez al mes.

El cerdo parece ser la carne preferida de la mayoría de los cubanos no judíos, y vimos varios cerdos muertos siendo llevados de un lado a otro en pleno día, en que hace un calor insoportable.  Los negocios se ven vacíos, y la falta de nuevos productos para vender ha dado lugar a una improvisación que le daría un ataque al corazón a cualquier inspector de seguridad: a todos los ventiladores les faltaban las tapas, los cables eléctricos estaban expuestos, vimos columnas temporales sosteniendo partes de las estructuras, y a los vehículos les faltaban las luces.

En La Habana, los edificios están descuidados y prácticamente no vimos ninguna construcción seria durante nuestra visita. Vimos algunos andamios a los costados de algunos edificios, pero no eran señales de construcciones recientes. De hecho, las parras subían por los andamios hacia los pisos superiores de los edificios. ¡Algunos edificios tienen andamios internos para evitar que colapsen los techos! Sin embargo, la gente no parece estar triste, y no vimos a nadie que pareciera estar demacrado ni con señales evidentes de pasar hambre.

Muchos de los edificios son bastante antiguos. El hotel en el que nos hospedamos, por ejemplo, fue construido hace ciento quince años. Pero muchos de estos edificios antiguos deben haber sido de una belleza exquisita cuando fueron construidos, durante el período de opulencia.

El cubano promedio no tiene acceso a internet, ni siquiera a nivel académico, pero el gobierno permite un acceso limitado a los programas de email. Esto significa que prácticamente no hay acceso a lo que ocurre en el mundo exterior, fuera de la información que transmiten los periódicos y la televisión estatal. Estas restricciones también se aplican a los turistas. Nuestro hotel no tenía acceso a internet; un hotel cercano contaba con unas pocas computadoras y solamente un hotel de la zona tenía acceso inalámbrico. La conexión es cara y llega con una nota explicando que es terriblemente lenta porque Cuba no está conectada con la red a través de fibras ópticas.

El transporte es otro desafío a tener en cuenta. Debido al embargo comercial de los Estados Unidos y la pobreza general del país, se han importado muy pocos autos desde la década del ’50. Al ver esos automóviles, nos sentimos como si hubiéramos entrado en el túnel del tiempo. La mayoría de las personas, incluso los médicos que conocimos, no tienen autos privados, por lo que van a pie o viajan en taxi. Hay diversas clases de taxis: los grandes y antiguos automóviles norteamericanos, los pequeños triciclos motorizados, los pequeños taxis de bicicletas a pedal y también automóviles pequeños al estilo ruso. Muchas personas manejan antiguas motocicletas con sidecar de la época de la Segunda Guerra Mundial. No tenemos idea de si existe alguna ley respecto al uso de cascos, pero vimos a tres asistentes de la sinagoga viajando en uno de esos vehículos. Los dos que iban en la motocicleta se colocaron los cascos que vienen incluidos, y el tercero, que viajaba en el sidecar, se puso sobre la cabeza un bol de plástico. Así viajaron. Ah, ¡y el que viajaba con el bol de plástico era el psiquiatra!

En Cuba, mantener un automóvil es un riesgoso proyecto “hágalo usted mismo”. Esto lo descubrimos al viajar en una de las dos camionetas que pertenecen al Beit HaKneset. Estas camionetas se utilizan más que nada para llevar y traer a la gente que va a la sinagoga. Yaakov las ha renovado él mismo, incluyendo la unidad de aire acondicionado colgada en la ventanilla trasera y el pasacasete con música judía.  Era una escena surrealista: aquí estábamos, paseando por Cuba en una camioneta manejada por el suegro no judío del rabino, llevando cuchillos de shejitá y un Shulján Aruj entre los asientos, y escuchando música jasídica. Nuestros accesorios religiosos no fueron muy cómodos que digamos cuando en un momento el conductor se fue hacia el lado erróneo de la autopista.

La glasnost y la perestroika podrán haber dejado su marca en Rusia, pero en Cuba, la burocracia soviética tradicional sigue vivita y coleando. Nuestras visas de turista únicamente podían llevarnos hasta ciertos límites. Cuando Ari Zivotofsky quiso dar una charla en el Instituto de Neurociencias, tuvo que solicitar una visa académica, pagando una suma nada módica. Cuando Ari Greenspan pidió una entrevista con Fidel Castro para la revista Mishpajá, le dijeron que debía solicitar una visa de prensa. Para salir del país se debe pagar el impuesto de salida, que es astronómico. Incluso viajar en taxi implica un complicado sistema de pago: hay dos redes de taxis, una para los habitantes locales y otra para los extranjeros, y cada una se paga con moneda diferente.

Otra paradoja es el sistema de salud. A pesar de que la infraestructura da la impresión de ser terriblemente deficiente, si creemos en las cifras que nos proporcionaron, tenemos que admitir que el sistema de salud de Cuba es bastante bueno. La mortalidad infantil es de 5,72 cada mil nacimientos, colocándola a un nivel un poco peor que el de Israel —que es de 4,2—, pero apenas por encima del 6,1 de los Estados Unidos. La expectativa de vida es de 77,6 años, bastante favorable comparado con los 78,2 de los Estados Unidos. Al dar una charla en el Instituto de Neurociencias de La Habana, Ari Zivotofsky vio que a nivel estético estaban bastante retrasados, pero que el equipamiento era relativamente nuevo y el equipo de trabajo estaba muy bien preparado.

La atención primaria de salud se brinda a nivel muy local. Un médico venía cada día al Beit HaKneset a monitorear la presión arterial, los medicamentos y cualquier otro problema que pudieran tener. Cada sinagoga organizó para sus miembros una farmacia interna que cuenta con la mayoría de los artículos necesarios.

Los cubanos se sienten muy orgullosos de su estatus como exportadores de conocimiento médico y tecnológico. La tasa de alfabetización en Cuba es de casi el 100 %, y el país invierte el 13,6 % de su producto bruto interno en educación (Israel invierte sólo el 6,4 % y los Estados Unidos, el 5,5%), ocupando el segundo lugar en el mundo, luego de Kiribati (un pequeño país en el Pacífico con cien mil habitantes). Los estudiantes latinoamericanos se forman en las escuelas de medicina e ingeniería de Cuba; y a su vez, los cubanos son enviados por trabajo a Latinoamérica y a África. Los médicos cubanos se consideran a sí mismos profesionalmente muy superiores a los de la antigua Unión Soviética, y un médico ya mayor se ofendió mucho cuando le preguntamos si los médicos soviéticos habían venido a dar cátedra en la facultad de medicina de Cuba.

La sinagoga y el gimnasio

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La historia cobra vida. Ari y Ari descubren una sinagoga de 90 años de antigüedad, encima de un gimnasio. El versículo sobre la entrada es una prueba clara de su identidad.

En nuestras aventuras halájicas, tratamos de visitar la mayor cantidad de Batei Knesiot posible, incluso (o especialmente) aquellos que han cerrado sus puertas. Yaakov nos dijo que había tres sinagogas activas en La Habana. Las tres fueron renovadas recientemente gracias a donaciones extranjeras y la verdad es que lucen impresionantes. Adat Israel, el Beit HaKneset de Yaakov, es el único ortodoxo y el único que cuenta con minianim diarios. Hay otros dos que Yaakov describió como no acordes a la halajá, que sólo tienen servicios en Shabat y la mayoría de cuyos congregantes no son halájicamente judíos.

De todas maneras, fuimos a visitar tanto la Sinagoga Shalom (construida en 1953 y también llamada “el Patronato”, donde vimos que funciona una especie de escuela hebrea) como la sinagoga Sefaradita, construida en 1956, en la cual estaban practicando un baile para una celebración festiva. La última ha establecido contactos con organizaciones filantrópicas judías de los Estados Unidos y cuenta con una sala de computación muy bien equipada.

En una pared de esta última sinagoga había muchas fotos históricas, incluyendo una de una sinagoga que no se parecía a ninguna de las tres que habíamos visitado. Le preguntamos a Yaakov al respecto, y él recordó vagamente que existía una sinagoga llamada Shevet Ajim en la parte vieja de La Habana, cerca del océano, que había cerrado hacía más de diez años. No estaba seguro de dónde quedaba ni si quedaba algo de la ella, pero después de preguntarles a algunos ancianos supimos que quedaba en la calle Inquisidor. Construida en 1914, durante años fue conocida como la sinagoga más antigua de Cuba. El Rabino que la fundó fue Guershon Maya. Su hijo, Rabí Nisim Maya, dirigió posteriormente una de las primeras congregaciones cubanas en México. Los bisnietos del Rabino fundador asisten diariamente a los minianim de Adat Israel.

Nadie supo decirnos qué había sido de Shevet Ajim. Entonces decidimos viajar allí con Salomón Susi, el presidente de Adat, quien había festejado su bar mitzvá en esa sinagoga en 1963. Él no había vuelto allá desde la década del ’70. Al llegar, vimos que la ciudad italiana de Florencia había financiado la renovación del edificio como un regalo al pueblo de La Habana y habían decidido convertir el primer piso en un gimnasio. (El santuario propiamente dicho se encontraba en el segundo piso).

Salomón estaba entusiasmado como un niño. De hecho, dijo que estaba “loco” por ver qué había allí. Recordaba con cariño las tardes de Shabat que había pasado en su infancia jugando al dominó, y casi se larga a llorar al recordar las comidas de Shabat en la casa de su tía, al otro lado de la calle.

Los directores del gimnasio nos dieron una llave para que pudiéramos subir al piso donde alguna vez había estado la sinagoga. Muy a pesar nuestro, lo único que encontramos fue una serie de habitaciones oscuras y llenas de polvo, sin electricidad y sin un solo remanente de un pasado judío, excepto por la marca de donde alguna vez había estado la mezuzá custodiando la entrada.

Entonces iluminamos con una linterna el alto cielorraso de lo que alguna vez había sido un salón social. Ante nuestra sorpresa, pudimos ver una lámpara eléctrica con forma de Maguén David. Entonces oímos el grito emocionado de Yaakov desde una habitación adyacente informándonos que había encontrado una mezuzá. Al examinarla, descubrimos que el klaf que contenía todavía era kasher.

Al continuar nuestra búsqueda a la luz de la linterna —casi como en bedikat jametz—, de repente notamos que sobre la entrada del santuario principal había un bello letrero cubierto de vidrio que decía: “Ki beití beit tefilá ikaré lejol ha-amim”. Arriba del marco de otra puerta había un poster rememorando Yom Haatzmaut 5732/1972. Algunas de las puertas estaban decoradas con distintos Maguén David de madera, incluyendo la que conducía al patio, donde todavía se veían los restos de los soportes para el sjaj de la sucá.

El cholent de una vez en la vida

Shabat se acercaba y decidimos que los judíos de Cuba experimenten un Shabat genuino. ¿Qué es Shabat sin pollo y sin cholent? Cuando nos ofrecimos a donar los pollos para la comida comunitaria de Shabat, los Berezniak se mostraron complacidos. Sin embargo, el cholent era una cuestión aparte.

Para poder preparar un buen cholent, necesitábamos un animal kasher y un lugar adecuado para poder hacerle shejitá. La sinagoga misma tiene un pequeño lugar para sacrificar pollos (Yaakov le hace shejitá a varios cientos de pollos por mes), y también cuenta con un área especial para kasherizarlos, de lo cual se encarga su esposa, Sara. Pero eso no era suficiente para nuestro cholent. Íbamos a necesitar un poco de creatividad e innovación para poner en marcha ese cholent.

Así que, armados con los cuchillos de shejitá que el padre de Yaakov había traído de Europa, fuimos al campo a comprar una oveja. Le hicimos shejitá (gracias a Di-s era glatt) y cuando estábamos terminando de preparar el cuerpo, se abrió el cielo y empezó a caer una lluvia tropical. Trabajando lo más rápido posible, quitamos la parte trasera del animal y se la dimos a los no judíos para no tener que quitar el guid hanashé y las grasas prohibidas.

Mientras regresábamos a la camioneta, al pasar por la choza de un granjero vecino, salió corriendo un perro que le mordió la pierna a Eitán. Preocupados por la posibilidad de que tuviera rabia, llamamos a Dani, el hermano de Ari Zivotofsky, que es veterinario. Al llegar a la camioneta, nos encontramos con la sorpresa de que había quedado enterrada en el fango, con las ruedas girando en falso como si estuviera estancada en medio de una tormenta de nieve. Allí estábamos, completamente empapados, con una provisión de carne kasher y cuchillos de shejitá de cien años de antigüedad, aparentemente sin que hubiera manera de poder regresar al lugar donde nos esperaba la olla del cholent. Hicieron falta una hora de trabajo y un tractor viejo para salir del atasco.

El Dr. Schuman llamó a nuestra aventura “el moderno jad gadiá”, con la conocida historia de ir a comprar un animal, el perro que muerde y el shojet en acción…

Nos reímos un buen rato cuando en la noche del Shabat, Yaakov nos presentó como “este estimado profesor” o “este sabio rabino” (obviamente, la sabiduría es un concepto muy relativo) y luego le explicó a la congregación, en español, por supuesto, que habíamos cocinado un plato judío tradicional llamado “cholent”, que requería “una preparación sumamente difícil e increíblemente complicada”.

Debe haberles sonado muy tentador, porque algunos de los presentes regresaron el Shabat a la mañana a probarlo. Uno de ellos, el psiquiatra con el casco del bol de plástico, nos dijo que había pensado que nunca en su vida volvería a tener la oportunidad de probar ese “plato exótico”. No estamos seguros de si el hecho de que lo sirvieran nuevamente para seudat shlishit, para el almuerzo del domingo y para la cena del lunes se debió a su popularidad, o a la pobreza de la congregación y a la cantidad enorme que había sobrado. Sea como fuere, les encantó.

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El Dr. Ari Greenspan afilando el cuchillo de shejitá del abuelo de Yaakov, antes de embarcarse en la búsqueda del cholent cubano.

Shabat en La Habana

El Shabat fue algo especial, algo que no nos hubiéramos podido imaginar en un lugar tan poco común. Cuando nos sentamos a compartir la comida comunitaria la noche del viernes, Yaakov comenzó con una recapitulación de quince minutos de la parashá (Vaishlaj), con gran confianza y entendimiento. Luego explicó que cuando Esav fue a Seir, Yaakov fue a Sucot y construyó allí una casa (Bereshit 33:17). La lección que aprendemos es que mientras que Esav puede ir de un lado al otro, para los judíos lo principal es el hogar, porque allí es donde se practica y se transmite el judaísmo. Considerando que Yaacov no había pasado ni un día de su vida en una yeshivá, su sermón fue una obra maestra. Cuando le sugerimos que la charla tal vez iba a ser mejor recibida con el estómago lleno, Yaakov nos explicó que la gente acostumbraba a irse apenas terminaba de comer. Algunos de ellos tardaban dos o tres horas para regresar a su casa. De inmediato aprovechamos la oportunidad para ofrecerles jizuk y alentar el estudio comunitario como una forma de reforzar a la comunidad.

Mientras nosotros disfrutábamos de la comida, notamos que Yaakov y su esposa no comían nada. Cuando le preguntamos el por qué, nos explicó que debido a que su vida es la sinagoga y que debe llevar adelante las comidas, él se conforma con hacer Kidush y comer un pedazo de jalá, y más tarde come la seudá junto con su esposa en una habitación privada en el tercer piso del Beit HaKneset. Yaakov nos mostró dicha habitación y, a decir verdad, nos quedamos bastante impresionados con la biblioteca de libros antiguos en español, hebreo e idish, que fue recolectando con el paso de los años. Incluso puso una cama en la habitación y allí es donde pasa Shabat.

Una vez que los congregantes se fueron, nos sentamos los cinco a la mesa. Cantamos un nigún o dos, pero era claro que él deseaba estudiar. Cuando abrimos el Shulján Aruj para repasar hiljot shejitá, nuestro anfitrión cobró vida. Notamos que Sara estaba sentada en otro lado y leía un Tanaj. La invitamos a estudiar con nosotros y pasamos a hiljot melijá, la forma de kasherizar la carne. Esta es una de sus tantas tareas en el Beit HaKneset y pensamos que le agradaría estudiar las leyes de la fuente principal.

Shabat a la mañana llegó una gran cantidad de personas —mujeres, hombres y niños—, aunque no todos ellos eran halájicamente judíos. El Dr. Schuman nos honró con un sermón increíble, que evocó tanto risas como lágrimas.

El broche de oro de nuestra visita, que fue la risa y la emoción detrás de esas lágrimas, nos acompañó mucho tiempo después de habernos despedido de los judíos de Cuba para regresar a casa. Aunque muchos de los judíos ancianos no ven un futuro para el judaísmo en la isla, no obstante, se sienten seguros sabiendo que esta joven y abnegada pareja Berezniak los va a acompañar a su última morada. Pero tal como lo han demostrado, los mismos Berezniak, con su vitalidad y su actividad constante, no piensan que sus responsabilidades se limiten a ser la jevrá kadisha. Con un palpable sentido de misión, ellos están haciendo todo lo que está a su alcance para insuflar nueva vida a su comunidad y ayudar a otros judíos cubanos a reclamar el legado que a Yaakov y a Sara les ha enriquecido sus propias vidas.

 

Minaguim cubanos

Durante nuestra estadía en Cuba, observamos varias costumbres inusuales, aunque es difícil determinar su origen. Durante el rezo, varias secciones eran leídas en voz alta por una persona en español. Por ejemplo, Brij shmé y Hashkivenu. También cantan en voz alta el Ashrei y el primer párrafo del Shemá.

La congregación cuenta con algunos sifrei Torá antiguos, uno de los cuales se sabe que es kasher porque Yaakov lo trajo de Panamá y lo mandó a revisar. En la primera lectura de la Torá a la cual asistimos, el hombre al que llamamos “el guardián del ArtScroll” recibió la petijá. Luego nos enteramos de que es él el hombre designado para la petijá, y que lo hace cada vez. Al sacar la Torá del Arón HaKodesh y pasearla por el Beit Hakneset, varias mujeres comenzaron a arrojar caramelos desde la ezrat nashim. Al parecer, los judíos cubanos no precisan un ufruf para traer caramelos; ellos acostumbran a arrojar caramelos cada vez que se saca la Torá del Arón HaKodesh. Los caramelos hacían mucho ruido, pero sentimos mucho dolor al ver a un grupo de ancianos y pobres corriendo de un lado al otro tratando de guardarse en el bolsillo todos los caramelos que podían,  algo que en la mayoría de las comunidades hacen los niños.

 

Los judíos de Cuba a través del tiempo

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Por primera vez en su vida, Roberto, uno de los miembros de la sinagoga, se coloca los tefilín en una emotiva “ceremonia de bar mitzvá” facilitada por el Dr. Schuman .

La historia de los judíos en Cuba comienza cuando Colón descubrió la isla en 1492. En ese primer viaje lo acompañaban varios judíos, entre ellos, Luis de Torres, a quien envió al interior de la isla para investigarla. Cuando Colón regresó a España, de Torres se quedó en Cuba con una pequeña guarnición. Al regresar a Cuba en su segundo viaje, Colón descubrió que todo el grupo había sido asesinado por los indígenas, pero le dijeron que uno de los hombres les había dicho a los indígenas que no aceptaran la falsa religión del catolicismo.

En el siglo XVII, la inquisición en Cuba proseguía con furia, dejando al descubierto con brutalidad a los judíos ocultos, asesinándolos y confiscándoles sus pertenencias. La Inquisición continuó hasta bien entrado el siglo XVIII, aunque para ese entonces los judíos de los países europeos ya habían desarrollado conexiones comerciales con Cuba.

A pesar de estas conexiones y el fin de la Inquisición, a comienzos del siglo XIX, no se estableció una comunidad judía significativa sino hasta 1898, principalmente debido a la dominancia de la Iglesia Católica Romana. Así fue como, hasta la guerra hispano-estadounidense, hubo probablemente menos de quinientos judíos en Cuba, la mayoría de origen español, que se dedicaban al comercio.

Después de la guerra, las condiciones cambiaron y una gran cantidad de judíos norteamericanos que sirvieron en el ejército de Cuba permanecieron allí. Otros judíos norteamericanos siguieron su ejemplo y, a comienzos del siglo XX, había en Cuba más de mil residentes judíos. En 1904 establecieron la Unión de Congregaciones Hebreas Reformistas, la cual desapareció hace algunos años.

Comenzó entonces la gran afluencia de inmigrantes. Durante la Primera Guerra Mundial y en la etapa posterior, miles de sefaradim, que huían de la situación incierta en Turquía, llegaron a Cuba y, tras ellos, en la década del ’30 y del ’40, llegaron los ashkenazim, que escapaban de la pesadilla de Europa. En 1935 ya había una floreciente comunidad de alrededor de veinticinco mil judíos, que disminuyó a quince mil en 1952, cuando algunos de los refugiados partieron rumbo a los Estados Unidos.

Uno de los rabinos de La Habana fue Yehudá Melber, oriundo de Alemania, que recibió semijá en la famosa yeshivá Jajmei Lublín en Polonia. Pero los buenos tiempos no duraron mucho. Aproximadamente un 95 % de los judíos tuvieron la suerte de escapar poco tiempo después de la revolución comunista de 1959, y lograron reestablecerse en los Estados Unidos, México, Venezuela, Costa Rica, Panamá e Israel. Hoy sólo quedan unos pocos de todos ellos.

Se puede aprender mucho de una comunidad en los cementerios locales. En La Habana hay dos cementerios, ambos bajo el control de Yaakov, y recientemente Adat ha renovado algunas partes de ellos. Nosotros visitamos ambos cementerios: el antiguo cementerio sefaradí y el beit olam ashkenazí, que queda más cerca. Ambos datan de comienzos del siglo XX. No se sabe dónde fueron enterrados los judíos cubanos antes de la apertura de estos cementerios.

A la comunidad judía de Cuba le agrada recibir visitas. Los visitantes  pueden contactarse con Yaakov a través de su mail adath@enet.cu