Profesores de Vida

Lecciones inolvidables.

Por Esty Heller

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Cientos de globos multicolores vuelan por el aire.  Los graduados con mejores promedios se preparan nerviosamente para sus discursos. Todos se despiden por última vez de los pasillos de la escuela. Mucho de lo que ocurrió dentro de ese edificio será relegado al olvido, pero el impacto de algunos de los profesores fue tan grande que su recuerdo perdurará por siempre.

Cuentan que un anciano fue a ver al poeta y artista del siglo XIX, Dante Gabriel Rossetti, para pedirle su opinión sobre algunos bocetos que había hecho. Gentilmente, Rossetti le dijo al hombre que los bocetos no revelaban mucho talento. Entonces el anciano le mostró otro grupo de dibujos que, según le informó, eran obra de un joven estudiante de arte.

Rossetti se deshizo en elogios ante esta segunda colección, exclamando que el joven que los había creado poseía un enorme potencial. “¿Son de su hijo?”, le preguntó.

El anciano suspiró y le dijo: “No. Estos dibujos son míos. Los hice hace cuarenta años. ¡Si tan sólo hubiera oído en ese entonces las palabras alentadoras que usted acaba de pronunciar! El problema es que me di por vencido demasiado rápido…”.

Los maestros se esfuerzan mucho por educar a sus alumnos. Sin embargo, mientras que los detalles de una parashá o de una lección de ciencias naturales pueden perderse con el paso del tiempo, el impacto de una sonrisa, de un halago o de un acto de bondad dura toda una vida.

Fisioterapia y pizza

Empecé segundo grado con lápices bien afilados, sin padre y con un brazo enyesado.

Me estaba recuperando de una cirugía bastante complicada y tenía que ir a fisioterapia dos veces por semana. Mamá me llevaba con mucho sacrificio a cada cita. Eso no le resultaba nada fácil, teniendo en cuenta todas las responsabilidades que tenía desde que falleció mi padre.

Yo no era la única con yeso en la escuela. Dos días antes de que empezaran las clases, nuestra directora, la Sra. Judith Fasman, se quebró la mano al caerse  frente al edificio de la escuela.

Después de una de mis sesiones de fisioterapia, mientras mi madre fijaba la próxima cita, miré la pantalla de la computadora y vi allí el nombre de la Sra. Fasman. ¡Íbamos a la misma fisioterapeuta!

Mi madre le preguntó a la Sra. Fasman si podíamos reservar dos turnos seguidos, para que la directora pudiera llevarme a la sesión de fisioterapia. Ella aceptó contenta.

La Sra. Fasman pasó a ser mi nueva acompañante rumbo a la sesión de fisioterapia. La primera vez, me dio muchísima vergüenza. Mientras caminábamos, me di cuenta de que se estaba desviando del camino. “Primero vamos a ir a comer pizza”, me dijo. “Cuando yo llevo a mis hijos al dentista o a otro médico, siempre vamos primero a la pizzería”.

Y a la pizzería fuimos cada martes a la una del mediodía, cuando salíamos juntas de la escuela, como si yo fuese su hija. Este arreglo continuó a lo largo de todo segundo y tercer grado. Incluso siguió cuando la Sra. Fasman ya no necesitó más fisioterapia pero yo sí.

Un martes me llamó a su despacho y me pidió disculpas porque ese día no iba a tener tiempo para llevarme a la pizzería. Yo sentí pánico. Estaba tan acostumbrada a nuestro programa semanal, que los días que había fisioterapia no llevaba nada para almorzar. Pero la Sra. Fasman me tranquilizó y me dijo que ya había encargado una porción de pizza para mí y que la iban a traer a la escuela para la hora del almuerzo.

Una vez, cuando perdí la tarjeta de seguridad social, la Sra. Fasman me preguntó por qué no había aprendido el número de memoria. Entonces me dieron una nueva tarjeta y ella, como si fuera mi mamá, se guardó una copia. Yo aprendí el número y me lo sé de memoria hasta el día de hoy.

Yo no recuerdo a la Sra. Fasman como “la directora”. Poco después de esta experiencia, cuando todavía era pequeña, mi familia se mudó de barrio y tuve que cambiar de escuela. Jamás olvidaré la cara de sorpresa que puso la recepcionista cuando, después de varios meses, descubrió que la Sra. Fasman no era mi abuela.

Ella podrá haber sido la directora, pero para mí fue como mi abuela.

Equipo de alpinismo

Pasar de una escuela primaria jasídica a un secundario de Beit Yaakov fue como emigrar a otro país. Yo siempre había sido muy buena alumna, pero con las nuevas maestras que hablaban hebreo fluido, me sentí como una bebita tratando de entender la conversación de los adultos. En la clase me sentía una tonta y después de la escuela tenía que ir a fotocopiar los deberes anotados en inglés que me prestaban mis compañeras. Todas las noches mi padre se sentaba conmigo para tratar de enseñarme de nuevo las lecciones de Jumash a partir de las notas abreviadas en inglés que había en un cuaderno de noveno grado.

Al parecer fue un error, pero al comienzo del año escolar me dieron el examen en hebreo, cuando en realidad también había una versión en inglés. No entendía nada y, obviamente, lo reprobé.

Sin entender las lecciones, me aburría terriblemente en clase. Después de esforzarme mucho para entender el material, apenas lograba aprobar, incluso en los exámenes en inglés. Estaba a punto de darme por vencida.

Pero mi profesora de Jumash de décimo grado, la Srta. Judith Hess, tenía para mí otros planes. Ella llegó a la conclusión de que yo era más inteligente de lo que parecía y me encargó una misión: aprobar un examen en hebreo.

La Srta. Hess me hizo conocer una parte de mí misma que yo no sabía que existía. Ella me ayudó a tomar conciencia de mi potencial. Me enseñó que el desafío no era una excusa. Al contrario: era el camino que me iba a llevar a niveles más elevados. Yo avanzaba, con sangre, sudor y lágrimas, y ella todo el tiempo me alentaba. Cuando obtuve 100% en un examen en inglés, que es una nota sobresaliente según todos los parámetros, empecé a hacer los exámenes en hebreo y la verdad es que me fue bastante bien.

A lo largo del año escolar, la Srta. Hess muchas veces me ayudó a sacar a flote mis capacidades. Y me hizo sentirme importante al asignarme distintas responsabilidades en los programas y los eventos de la escuela. Gracias a ella progresé muchísimo, como alumna y como persona.

Desde que terminé la escuela, mi vida ha sido una gran serie de desafíos. En retrospectiva, puedo ver cuánto la Srta. Hess me ayudó a formarme como persona y a moldear la manera en que percibo mis aptitudes. Ella fue quien me armó con un equipo de alpinismo y me dio la confianza necesaria para enfrentar un sinfín de desafíos a lo largo de los años.

Una elección de vida

En Suiza, la escuela secundaria no empieza en noveno grado. La escuela primera consta de nueve grados y después las jovencitas tienen que elegir entre anotarse en la escuela secundaria local o proseguir sus estudios en un seminario en Inglaterra. Para las adolescentes suizas es una gran decisión, ya que es lo que determinará su estilo de vida. Es una decisión muy estresante para alguien de esa edad.

Enfrentaba una encrucijada y la presión social era agobiante. Me sentía abrumada y no sabía qué elegir. Entonces, cuando estaba en noveno grado, nuestra escuela “importó” a una nueva mejanejet de Eretz Israel. Frau Sheiny Halperin, con su calidez y  delicadeza, se ofreció a guiarnos y apoyarnos en la toma de decisiones.

Frau Halperin fue una influencia muy positiva para todas nosotras. Su personalidad tan relajada y su encanto natural nos hacían sentir muy cómodas. Además, ella tenía el don de saber detectar los puntos fuertes de cada alumna y de elogiarla por sus virtudes. Así fue como logró sacar lo mejor de cada una de nosotras, incluso cuando el comportamiento de alguna alumna hubiera sido cuestionable.

Para mí, personalmente, Frau Halperin fue un modelo de midot tovot y tzeniut. Recuerdo ocasiones específicas en las que me halagó por un par de zapatos o por un sweater que llevaba puestos, comentándome lo bonitos o lo refinados que eran. Yo disfrutaba mucho sintiendo que ella se enorgullecía de mí. Sus dulces palabras de aliento me acompañaron toda la vida y hasta el día de hoy mi actitud hacia la tzeniut es que la mujer puede ser al mismo tiempo realmente bella y recatada.

Frau Halperin fue quien me ayudó durante todo ese año y también me ayudó a elegir el camino que habría de tomar en la vida.

Mi refugio seguro

Nadie tenía idea del conflicto que yo tenía en sexto grado. Mi vida se estaba haciendo pedazos, pero yo estaba tan confundida y me daba tanta vergüenza contarle a alguien lo que me estaba pasando que sentía que iba a explotar. Incluso mis propios padres no tenían la menor idea de lo que ocurría. Yo sufría en silencio, con el terrible secreto que me producía un tormento indescriptible.

Mientras tanto, los abusos constantes que sufría destruyeron mi salud emocional. Descuidé mis tareas escolares y me transformé en el blanco de las burlas y las agresiones de la clase.

Mi querida maestra, la Srta. Rajel Jana Sofer, con su gran sensibilidad, percepción y su sincero interés, entendió que yo estaba sufriendo. Ella no sabía lo que estaba sucediendo y debo decir a su favor, que no me preguntó nada. Simplemente me cobijó bajo sus alas y emprendió la misión de ayudarme. Lo que más me costaba era matemáticas y la Srta. Sofer empezó a darme clases privadas en forma gratuita. Poco a poco, comencé a sentirme cómoda con ella y me volví receptiva a su asesoramiento.

Las invitaciones a la casa de la Srta. Sofer fueron la clave para mi salvación. Cuando nos sentábamos a charlar me sentía tan amada y comprendida que poco a poco mi frágil ego empezó a curarse.

La Srta. Sofer continuó asesorándome y orientándome hasta que terminamos el sexto grado. Siempre me trató con respeto y expresó su admiración ante cada paso que lograba dar. Al ver que ella creía en mí, aprendí a creer en mí misma.

Varios años más tarde, cuando finalmente empecé a hacer terapia por el abuso que había sufrido, mi terapeuta me pidió que eligiera un lugar seguro, un refugio en el que pudiera cobijarme mentalmente cuando las cosas se ponían difíciles.

No cabía la menor duda. La casa de la Srta. Sofer era mi refugio, el lugar en el que me sentí protegida durante el período más tenebroso de mi vida.

Torá… y chocolate

Para mí, una recién llegada que empezaba séptimo grado en una escuela nueva, conocer a la Morá Rajel Silber fue una introducción a las “grandes ligas” de maestras. Las clases estaban divididas por niveles. A mí, que tenía solamente trece años, me pusieron con alumnas de décimo grado, pero para la Morá Rajel la edad no significaba nada. Ella hacía sentir especiales a todas sus alumnas y cada una de ellas se sentía conectada con la Morá y con sus clases. Gracias a su percepción tan profunda, cada una de sus palabras daba en el blanco y hasta el día de hoy recuerdo perfectamente sus lecciones.

Cuando uno tiene el mérito de tener enfrente a alguien de este calibre, no puede menos que tomar nota de su comportamiento. Yo lo absorbí todo, como una esponja, incluso su desayuno diario: café y una barra de chocolate.

Yo inventé mi propio privilegio de llevarle el bolso a la escuela. Como un reloj, la esperaba cuando entraba al edificio de la escuela y le quitaba el bolso de los brazos. Nuestra relación se profundizó años más tarde, y ella fue para mí una madre espiritual.

A pesar del nivel tan elevado de sus lecciones, la Mora Rajel fue y es una persona absolutamente normal. Ella hizo aliá pero la tecnología sirve de puente de conexión. Ella siempre está a una llamada de teléfono o un e-mail de distancia.

Con los años, la Morá Rajel ha llegado a ser una figura muy popular en muchos seminarios de Eretz Israel. Su amplio conocimiento de Torá y su enorme sabiduría cautivan a todos los que se le cruzan en el camino. La Morá Rajel también estudió acerca de salud y nutrición y ahora me enseña tanto Torá como nutrición, con su forma de ser tan querible y respetuosa. Cada vez que viajo a Eretz Israel, ella me sirve comida sana como, por ejemplo, su famosa sopa de zapallitos con lentejas. Pero cuando ella viene de visita a Norteamérica, sabe exactamente qué traerme: una barra de chocolate (o tres).

Mi modelo

Nunca llegué a entender cuál era el verdadero trabajo de la Sra. Mirel Unger, de bendita memoria. ¿Secretaria? ¿Rectora? ¿Asesora extracurricular? Ella simplemente era una figura destacada de nuestra escuela; alguien a quien todos tenían gran estima.

En mi calidad de presidenta de las actividades grupales del 12º grado, llegué a conocer a la Sra. Unger a nivel personal. Teníamos una vaga idea de sus problemas de salud, pero ninguna de nosotras sabía realmente de lo que estábamos hablando. No se nos pasó por la cabeza lo grave que estaba. No le dimos importancia al hecho de que dos veces por semana no viniera al colegio, porque en esos días siempre se ponía en contacto con nosotras, llevando a cabo su función con la misma lealtad de siempre.

En ese momento no lo sabíamos, pero esos días nos llamaba desde el hospital en medio de tratamientos muy intensivos, para preguntar cómo iba la venta de pasteles o si la máquina de algodón de azúcar había llegado a tiempo. Siempre nos hizo sentir que éramos su prioridad número uno.

En retrospectiva, no puedo menos que maravillarme ante su sensibilidad y devoción por su trabajo y sus alumnas. Muchas veces desahogamos nuestra frustración por viajes que habían cancelado o por reglas escolares que no nos gustaban y ella siempre nos escuchó con genuino interés. Probablemente pensaba que éramos muy inocentes y que no teníamos idea respecto a los verdaderos problemas de la vida. Pero jamás nos hizo sentir que nuestros asuntos fueran insignificantes.

La Sra. Unger es la personificación de la verdadera mejanejet. Su abnegación y su ahavat Israel  fueron su legado para todas sus alumnas. Siempre atesoraré su recuerdo. 

Llegarás muy lejos

Siempre me encantó escribir. Desde el momento en que aprendí el abecedario, soñé secretamente con dedicarme a la escritura y aprovechar mi talento de una forma verdadera. Cuando estaba en décimo grado, un periódico judío muy famoso organizó un concurso de escritura. Yo junté coraje, envié mi historia y contuve el aliento.

No gané.

Pero lo que más me molestó no fue no haber ganado, sino que el periódico publicara los nombres de todos los participantes. Recuerdo la tremenda humillación que sentí al ver mi nombre en la lista de los “perdedores”.

Ese año nos había tocado una excelente profesora de redacción a la que yo adoraba. La Sra. Raji Friedlander era una auténtica educadora. Además de sus charlas esclarecedoras, era una persona increíble y siempre me elogiaba por la forma en que escribía, haciéndome sentir como una reina.

Después de ese concurso de escritura, la Sra. Friedlander me llevó a un rincón y me dijo:

─ No sabes cuánto me alegré al ver que participaste en el concurso. ¡Estoy segura de que era una historia fantástica!  ¡Estoy esperando ver tu nombre!

─ ¿Qué?

─ Yo sé que vas a llegar muy lejos ─dijo con una sonrisa sincera─. Un día vas a ser una autora famosa con varios libros publicados.

No podía creerlo. Hacía unos instantes me había sentido una fracasada y ahora, de repente, me sentí la ganadora. Si la Sra. Friedlander pensaba que yo podía escribir, entonces ¡yo iba a escribir! Mi confianza creció.

No me volví famosa de la noche a la mañana, pero a partir de aquel día en décimo grado, me consideré a mí misma una escritora. Con el tiempo, empecé a publicar mis textos y participé en la publicación de una revista de salud y nutrición. Hoy en día trabajo a jornada completa como escritora y editora.

La Sra. Friedlander tuvo cientos de alumnas a lo largo de su carrera docente y probablemente no se acuerda de mí. Pero yo jamás la olvidaré. Y jamás olvidaré sus palabras de aliento, que fueron las que me propulsaron a avanzar hacia a mi objetivo.

Enderezar lo torcido

En mi calidad de graduada de la carrera de madre y luego de la carrera de abuela, he aprendido que los niños tienden a poner a prueba a sus padres a pesar de amarlos profundamente.

De la misma manera, al estar en sexto grado, con mis compañeras nos empecinamos en provocar a nuestra querida maestra, la Sra. Brany Rosen. Permítanme aclarar: no era algo personal; solamente queríamos provocarla con nuestra conducta inmadura. Queríamos que se enojara y nos gritara y, más que nada, queríamos perder un poco de tiempo de clase.

Nunca funcionó. La Sra. Rosen nunca perdió su buen humor. En vez de criticarnos, ella nos prodigó todo su amor y nos ayudó a crecer.

Un día, la Sra. Rosen entró a la clase y la recibimos con una “sorpresa”. Las luces se apagaron y toda el aula estaba “decorada” con cinta adhesiva. Probablemente una docena de rollos de cinta adhesiva adornaban las paredes y las ventanas, por lo que en cualquier lugar donde uno se apoyara, se quedaba pegado. Qué adorable, ¿no?

Nunca me voy a olvidar de su reacción. Sonriendo de oreja a oreja, ella nos dijo: “Hace  varias semanas que quiero contarles una historia que requiere un cuarto a oscuras. ¡Qué gran oportunidad!”. Entonces aprovechó la cinta adhesiva para colgar del aula todo tipo de objetos que ella “necesitaba” para su historia.

Ese era su enfoque. La Sra. Rosen transformaba todos nuestros intentos de causar problemas en experiencias memorables.

Ese mismo año, la última semana de clases hizo un calor terrible. En nuestra aula no había aire acondicionado y mientras hacíamos el examen final de matemática con la Sra. Rosen, estábamos muy inquietas. A ella le dio pena que sufriéramos tanto por el calor, así que fue a buscar una jarra de agua. Toda la clase, en una manifestación de gratitud propia de sexto grado, empapó los exámenes sumergiéndolos en el agua.

Qué almas piadosas. Sí, ya lo sé. No me lo tienen que decir.

Todas queríamos mucho a la Sra. Rosen y ella debe haberlo sentido.

Ella no gritó. Ni siquiera suspiró. Simplemente sonrió y dijo: “Miren, pasamos juntas un año maravilloso. Yo sé mejor que nadie todo el esfuerzo que hicieron y lo bien que saben matemática. En realidad, no necesito corregir sus exámenes para saber que cada una de ustedes dio lo mejor de sí misma”.

Su fortaleza de carácter era algo sorprendente. Para mí, esa fue la mejor lección.

Capacidad de Resistencia

No sólo los maestros son capaces de influir. Uno de los más grandes líderes del siglo pasado cambió el curso de su vida gracias a unas cuantas palabras de aliento.

Siendo un joven bajur, el Rab Isser Zalman Meltzer fue a estudiar en la famosa Yeshivá de Volozhin en Lituania. Luego del primer día en el beit midrash, el Rab Isser Zalman Meltzer fue hacia al dormitorio para ir a dormir. Al entrar a la habitación, vio que sus compañeros de cuarto desempacaban sus maletas. No pudo creer lo que veía: ¡trajes de Shabat, sombreros de Shabat, montones de camisas, pantuflas, toallas, zapatos lustrados!

Bajó la vista y, con dolor, miró sus zapatos desgastados. Él no tenía nada: ni maleta, ni ropa, ni nada. Su familia era muy pobre y él se había sentido enormemente agradecido por el solo hecho de poder estudiar en aquella yeshivá tan famosa.

Pero al ver a esos bajurim, toda la emoción y el entusiasmo por estar en la yeshivá se disiparon. Sintió mucha vergüenza y autocompasión, porque acababa de tomar conciencia de todo lo que le faltaba. Esa noche  llegó a la conclusión de que esa yeshivá no era para él. A la mañana siguiente, bien temprano, tomaría el tren de regreso a casa.

Al día siguiente, apenas despuntó el alba, el Rab Isser Zalman se apresuró a salir del edificio. Pero justo cuando estaba saliendo, se cruzó con el Rab Zelig Reuven Bengis (que más tarde sería nombrado Rabino Principal de Jerusalem).

─ Dime ─le preguntó─, ¿tú eres el bajur Meltzer?

El Rab Isser Zalman asintió con la cabeza.

─ Increíble… ─murmuró el Rab Zelig Reuven─. ¡Así que eres tú!

Entonces le contó que el Netziv, el Rosh Yeshivá, había estado hablando con varios bajurim de una pregunta y que les repitió la brillante teshuvá que había proporcionado el bajur Meltzer.

─ Si el Netziv repitió tus palabras de Torá, entonces sin lugar a duda debes ser un bajur muy jashuv.

Al oír esas palabras tan encantadoras, el Rab Isser Zalman dio media vuelta y regresó al beit midrash.

Varias décadas más tarde, cuando ambos vivían en Jerusalem, el Rab Isser Zalman Meltzer fue a visitar al Rab Zelig Reuven Bengis para agradecerle por lo que había hecho por él. El Rab se quedó mudo de asombro.

─ ¡Imagínate! ─exclamó─ ¡Yo no tenía pensado decirte nada! ¡Simplemente me crucé contigo en el pasillo y quería cerciorarme de que tú eras el joven al que había mencionado el Rosh Yeshivá!

Gracias a ese comentario dicho al pasar, hoy en día tenemos el comentario Even HaEzel del Mishné Torá del Rambam. El Rab Isser Zalman Meltzer llegó a ser un gigante de Torá, un tzadik hador. Su hija se casó con el Rab Aharón Kotler. Y todo gracias a unas simples palabras de aliento dadas a un bajur que estaba a punto de abandonar la yeshivá el primer día.

Esta historia fue contada en un shiur del Rab Aharón Taussig