Shuli Rand

Entrevista al emblemático artista israelí.

Por Shlomi Guil

 

 

La gran celebridad del escenario y la música israelí, Shuli Rand, probablemente pensó que estaba abandonando el mundo de la Torá para transformarse en actor. Pero cuando volvió como un jasid de Breslev, se dio cuenta de que ese desvío no fue más que otro tramo en el continuo viaje rumbo a una realidad superior. Hoy en día, con su frondosa barba y su enorme tzitzit de lana, Shuli transporta al público laico a un viaje sin fin.

Shuli, 54, vivió el verano pasado una desgarradora serie de sucesos: lo desalojaron de su casa, perdió a sus dos padres en menos de una semana; y luego, como la otra cara de todo ese trauma y toda esa angustia, se convirtió en el primer jaredí en ser galardonado con el prestigioso Premio a la Trayectoria por su aporte a la cultura israelí.

Incluso si no están al tanto del mundo del espectáculo israelí, seguramente conocen a Shuli Rand por su álbum Nekudá Tová, una producción independiente que consta de una colección de canciones originales basadas en las enseñanzas de Jazal y de Rabí Najman de Breslev. El álbum ganó un disco de oro unos pocos meses después de salir a la venta en el año 2008 e incluye temas de enorme popularidad, como “Aieka” (“¿Dónde estás?”), que trata acerca de un hombre atormentado que busca a su Creador (“Esa es la pregunta que formulamos cuando buscamos a Hashem, pero también es la pregunta que Hashem nos hace a nosotros: ¿Dónde estás tú?”, le explica Shuli Rand a Mishpajá), y “Ben Melej”, que describe a un hombre que piensa que ha conquistado a su eterno enemigo, el iétzer hará, (y se da cuenta de que no es así).

También es probable que lo conozcan por su filme premiado internacionalmente, Ushpizin, que trata sobre un baal teshuvá de Breslev cuya fe se ve desafiada cuando dos criminales, amigos del pasado, aparecen sin anunciarse como invitados a su sucá.

En Israel, al menos, Shuli Rand es un hombre que encabeza a menudo los titulares, pero más que eso, es un hombre de espíritu que, con su frondosa barba, su sombrero ancho y su enorme tzitzit de lana, ha logrado llevar a todo tipo de público en su viaje de autodescubrimiento, porque cada uno de nosotros es un “ben melej”.

Juntar piedritas

Tal vez les sorprenda saber que Shuli (un apodo de Shalom) Rand —el artista israelí por antonomasia que volvió en teshuvá— se crió en realidad en una familia religiosa sionista de Bnei Brak, cuyas raíces se remontan a las cortes jasídicas de Vishnitz y Sadigura, recibió una sólida educación de Torá y estudió en la Yeshivá Or Etzion y la Yeshivá Nejalim antes de enrolarse en el ejército y dejar atrás la observancia de las mitzvot. “Fue una cuestión de conveniencia social más que una cuestión ideológica”, admite Rand.

“El judaísmo fue un componente muy significativo de mi infancia y el mundo de la canción me atrajo ya desde muy pequeño. Yo vengo de una familia de baalei tefilá y mi padre z”l era jazán además de profesor. Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi infancia es estar parado junto a mi padre en el Beit HaKneset de Bamberg, donde él solía rezar frente al amud”.

El padre de Shuli, el profesor Yaakov Rand, era doctor en Psicología y obtuvo el Premio Israel por Investigación en Educación en el 2001. El Profesor Rand se especializaba en investigaciones de educación especial, sobre todo de niños con Síndrome de Down. Antes de terminar la semana de shivá por su padre, también falleció su madre, Bilha Rand.

Hoy, cuando Shuli recuerda que abandonó las enseñanzas de sus padres durante parte de su vida, lo atribuye a la pasión juvenil de un muchacho decidido a hacerse famoso a toda costa.

«No puedo decir que decidí dejar todo y abandonar el mundo de las  tradiciones”, admite Shuli. “No lo dejé por tener cuestionamientos filosóficos en torno a la emuná. Simplemente ese era el lugar en el que estaba, donde había caído. Fue una cuestión de comodidad. No me parece que lo haya hecho en forma consciente, así como tampoco el volver en teshuvá fue una decisión consciente. Todo fue un proceso dirigido por HaKadosh Baruj Hu. Él es el que lleva a cada persona por diferentes caminos para que pueda alcanzar un nivel superior”.

Después del ejército, Shuli asistió a una escuela de actuación en Tel Aviv. Su talento natural y su energía lo catapultaron a la fama en el mundo secular del teatro y las películas. A la edad de veintiséis años, ya había sido designado dos veces como el Mejor Actor Teatral del Año en Israel, y a los treinta años, ya había actuado en tres películas y había sido galardonado dos veces con el Premio Ofir de la Academia de Cine Israelí (el equivalente al Oscar hollywoodense).

Entonces, hace exactamente veinte años, cuando Shuli Rand se encontraba en el ápice de su carrera en el mundo del espectáculo, se encendieron las primeras chispas de teshuvá.

“Muchas veces, la gente me pregunta qué o quién fue el catalizador de mi teshuvá. La respuesta es siempre la misma: HaKadosh Baruj Hu. Él fue quien me condujo, incluso en contra de mi propia voluntad, a servirlo de verdad”, dice Shuli. “Quizás también la tefilá de alguno de mis antepasados fue aceptada ante el Kisé HaKavod y fue la que me sacó de la oscuridad a la luz. Porque no fue desde un lugar de sufrimiento o desesperación. Al contrario. Yo estaba en el apogeo de mi carrera. Tenía fama. Era un ídolo. Incluso me sentía satisfecho espiritualmente, porque me dedicaba a lo que percibía en ese momento como algo espiritual. La verdad es que no se me ocurre otra explicación lógica, excepto que de repente la luz de Hashem me iluminó”.

Pero, según nos cuenta, el camino no siempre fue fácil. “Volver en teshuvá no es un picnic. No se trata simplemente de ponerte un sombrero y dejarte crecer la barba. Es más bien una colección de breves momentos, de ir levantando piedritas por el camino. No puedo decir que hubo un acontecimiento clave que haya producido el cambio definitivo, aunque hubo muchas escenas que se fueron sumando. Por ejemplo, me veo a mí mismo caminando por Bnei Brak, cruzándome con dos jaredíes y preguntándoles dónde podía comprar un tzitzit. Uno de ellos me llevó a su casa y me regaló un par de tzitziot nuevos que comencé a usar de inmediato. Recuerdo levantarme una vez a las cuatro de la madrugada e ir corriendo a buscar mis tefilín, que estaban enterrados en el fondo del ropero desde mi época de adolescencia en la yeshivá. Pensé que no los iba a encontrar, pero los encontré y entonces me fui corriendo al minián de los ancianos que rezaban en una sinagoga cerca de donde vivía, y recé Shajarit con ellos”.

Dos décadas más tarde, Shuli Rand está decidido a apegarse a la verdad que lo guía. “El judío vuelve en teshuvá todos los días”, dice. “Cada día se enfrenta a nuevos desafíos y en un solo momento se puede dar cuenta de que la rueda de la fortuna dio un giro de ciento ochenta grados. Por eso, todos los días uno tiene que recordar quién es y Quién lo está llevando, porque en el momento en que uno se olvida, puede tropezar y caerse, y entonces queda al descubierto todo su vacío interior. Pero cuando uno depende únicamente de Él, puede sentirse calmo y seguro, y hacer frente a todas las tormentas que se le presentan en el camino”.

Aquel que me curó el alma

Shuli inició su viaje espiritual junto con su mujer, Mijal Batsheva, y a medida que la pareja se fue volviendo más observante, Shuli comprendió que, por lo menos en ese momento, la carrera de actor no era adecuada con la vida genuina de Torá a la que había regresado. Durante seis años, Shuli abandonó el teatro y se dedicó de lleno al estudio de la Torá.

En esa época, la pareja se quedó cautivada con la Torá de Rabí Najman y se volvieron discípulos del Rab Shalom Arush (hasta el día de hoy, se lo suele ver por el Beit Midrash del Rab Arush, Jut shel Jesed, cerca de Mea Shearim). “Al igual que muchos otros que hicieron teshuvá, tuvimos nuestros altibajos en el camino de la búsqueda de respuestas”, dice Shuli, refiriéndose a Rabí Najman como aquel que le curó el alma. “Sentimos que Rabí Najman era el que más se adaptaba a nuestras necesidades, y el que ofrecía las soluciones a los problemas que teníamos. De hecho, las enseñanzas de Breslev siguen infundiéndole sentido a nuestro judaísmo hasta el día de hoy”.

Shuli señala que si bien en Breslev no hubo un rebe desde el fallecimiento de Rabí Najman en el año 1810, hoy en día la jasidut atrae a más baalei teshuvá de todos los estratos que cualquier otro movimiento.

“Breslev les da cabida a todos”, explica Shuli, “porque no te vende el judaísmo como una forma de escape ni te promete que al hacerte religioso te vas a librar de todos tus problemas. En lugar de eso, te invita a confrontarte contigo mismo y con tus pasiones físicas, incluso si eres solamente un principiante. Te hace tomar conciencia de que por ti mismo no eres nada y que sólo puedes llegar a ser algo realmente si te apegas a Hashem”.

El mundo del espectáculo israelí ha visto desertar a muchas de sus mejores y más brillantes figuras en favor del mundo de Torá. Pero según Shuli, no todos lo encaran igual. “Mi amigo, Uri Zohar, llegó a la teshuvá desde un lugar de conflicto intelectual. Él sabía que tenía que romper el molde y transformarse en una persona nueva. Y él se renovó completamente. En mi caso fue diferente. Yo no sentía que estaba en una especie de lucha en la que tenía que cortar con la persona que era y el lugar de donde venía. Mi alma sentía que tenía que expandirse y santificar aquella misma industria que formaba parte de mí”.

De esta manera, Shuli Rand sigue siendo el rey del escenario, si bien con un atuendo diferente y con un mensaje más sagrado. Shuli volvió a las tablas haciendo unipersonales, y cuando escribió el guión de Ushpizin, experimentó con este nuevo género el hecho de exponer a la gente —a través del cine—  a los tesoros y la belleza del judaísmo en general y de Breslev, en particular. Shuli ya era un actor consumado cuando asumió el rol de protagonista, pero aun así insistió en que su propia mujer, Mijal (que jamás en su vida había actuado), interpretara el rol de la mujer del protagonista. Por motivos de recato, él no estaba dispuesto a actuar con otra mujer que no fuera su esposa.

“Ushpizin” fue mucho más allá de sus expectativas. La película fue un rotundo éxito de taquilla en Israel y también una de las películas extranjeras más taquilleras de los Estados Unidos en el año 2004. El propio Shuli Rand obtuvo el Premio al Mejor Actor de la Academia de Cine Israelí por su rol de Moshé, el baal teshuvá que debe confrontarse con su propio pasado y con una serie de pruebas que amenazan  su nueva fe (pruebas que al final supera con éxito).

Oficialmente, el filme estaba dirigido al público no jaredí (esa fue la condición que le pusieron sus rabinos cuando le dieron permiso para hacerlo). En una encuesta realizada después de una función gratuita del filme en cierto sitio web, casi la mitad de los encuestados expresaron su interés en aprender más sobre judaísmo y una cuarta parte de ellos informaron que, gracias a la película, habían empezado a observar Shabat.

A mitad de camino

Tras su salida repentina del mundo religioso sionista a la vida laica y su posterior retorno tempestuoso a la Torá de Rabí Najman, Shuli Rand es un modelo para aquellos que están en una continua búsqueda y que no se dan por satisfechos con la mera rutina religiosa. La combinación de su presencia en el escenario, su fértil creatividad y su personalidad sincera, lo colocan en una posición desde la que logra derribar las barreras y capturar el corazón de las multitudes.

“En realidad”, dice Shuli, “todos buscan el diálogo y no me parece que exista un judío que realmente sea capaz de negar su condición de tal. El problema es que, por lo general, el debate se detiene incluso antes de haber empezado, gracias a las consabidas frases ‘anti’, como por ejemplo, ‘¿Y por qué los jaredim no hacen el servicio militar?’. Si pudiéramos obviar todo eso y enfocarnos en cambio en el medio cultural que tenemos en común, podríamos tener una comunicación real. Yo estoy convencido de que cada judío, por más lejos que esté, busca sin duda el diálogo y la comunicación”.

Si bien en Israel el reconocimiento público no necesariamente es indicio del reconocimiento institucional, en el caso de Shuli Rand los dos se cruzaron. Hace unos meses, el Ministro de Educación, Naftali Bennet, lo llamó por teléfono para informarle que acababan de otorgarle el Premio a la Trayectoria por su contribución a la cultura judía en Israel.

“Sin duda, este galardón es para mí un gran honor”, le dijo a Mishpajá, “pero, a decir verdad, el ‘Premio a la Trayectoria’ también me inquieta bastante. Al fin y al cabo, recién estoy en la mitad de mi vida y no tengo planes de terminar mi carrera acá. En realidad, el más grande honor fue lo que me dijo Bennet cuando me llamó por teléfono. Me dijo que el premio me lo habían dado por mi trabajo en difusión comunitaria y por ayudar al país a conectarse con sus raíces. Esa, a fin de cuentas, es mi misión. Yo creo firmemente en la capacidad que tenemos, como artistas, de conectar a la nación con sus fuentes a través del mundo de la cultura. Incluso antes de volver en teshuvá, yo estaba convencido de que el tesoro está acá mismo, debajo del puente, y que no hace falta recurrir a fuentes ajenas”.

El galardón incluye también un premio monetario de ciento cincuenta mil shekels (aproximadamente cuarenta mil dólares), que fue cronometrado en el momento indicado, ya que Shuli se encontraba en el punto más bajo de todas las crisis financieras que lo han acosado durante años. Shuli admite que las finanzas nunca fueron su punto fuerte. Hace ya años que está tratando de navegar su inmenso talento en medio de la telaraña del mal manejo fiscal, sin llegar nunca a calcular realmente el alcance de sus deudas.

A pesar del gran éxito de taquilla que fue Ushpizin, él nunca percibió el beneficio económico. De hecho, el éxito del filme fue una sorpresa para todos, ya que los que participaron del proyecto trabajaron a un costo mínimo o donaron su tiempo para hacer una película kasher que pensaron que con mucha suerte apenas iba a llegar a cubrir los gastos. Pero sus dificultades financieras más graves empezaron en el año 2004, cuando él y su esposa fundaron el Teatro Judío de Jerusalem e invirtieron todos sus ahorros en el proyecto que lo único que hizo fue hundirlos todavía más en el pantano de las deudas. Cuando Shuli, Mijal y sus siete hijos fueron desalojados de su casa en Mevaseret, finalmente decidieron hacer pública la situación crítica en que se encontraban y la apasionada súplica de ayuda que posteó Mijal en los medios sociales hizo que sus amigos y fans los ayudaran a salir del pozo.

Shuli trata de tomarlo con filosofía: “Hashem le da a cada persona cierta dosis de talento. Admito que en mi vida he hecho muchas cosas sin la debida consideración financiera. Es que no soy una persona que tenga la cabeza en el dinero. Soy una persona con valores. Así fui toda mi vida. Cada uno tiene sus luchas, pero esas luchas son, en realidad, un jesed de Hashem. Uno tiene que saber que todo proviene de Él y que en cualquier instante puede encontrarse de repente en un lugar completamente diferente”.

Un buen punto

Durante varios años, incluso después de su teshuvá, Shuli Rand fue aclamado por sus dotes de actor, pero en el año 2008 le demostró al público que era también un talentoso cantante y un compositor inconformista. Su álbum Nekudá Tová incluye once composiciones basadas en las enseñanzas de Jazal y de Rabí Najman, en un estilo dinámico con influencias del jazz, del rock suave, de la música folklórica y de la música ligera.

Estas canciones, impregnadas de conceptos de Torá, se han vuelto parte integrante del repertorio general de la música israelí y se las puede escuchar con frecuencia en las estaciones de radio no religiosas. Las decenas de miles de personas que asisten a sus conciertos, en su gran mayoría, no se ven para nada parecidos a Shuli.

Hoy en día, Shuli Rand es considerado una de las figuras más influyentes del mundo de kiruv israelí. Sus canciones —por un lado pura cultura pop, y por el otro, profundamente espirituales— son un puente que une dos mundos y que llega a todos, no importa dónde estén. En sus conciertos,  éxitos de taquilla, en los escenarios de Tel Aviv y de Cesárea, Shuli cita ante el público secular a los grandes maestros jasídicos, abriendo esos corazones judíos a todo un mundo de pensamiento que está muy lejos de sus propias vidas, pero que a la vez forma parte de su patrimonio cultural.

“Rabí Najman nos enseña que uno puede hacer volver en teshuvá a los demás por medio de historias”, dice Shuli. “Yo creo que tanto la música como el arte tienen un poder tremendo en nuestra generación. En un mundo en el que las imágenes tienen el dominio, en el que no hay límites y con sólo presionar un botón cualquiera queda expuesto a toda clase de imágenes, es muy importante que la gente vea una imagen mejor, más pura. Por eso, cuando tocas una melodía o muestras una imagen diferente, le estás abriendo a esa persona la puerta a la bejirá. A partir de ese momento, es su propio trabajo y tú tienes que hacer tefilá para que todo sea con siata diShmaia. Pero la apertura inicial puede lograrse a través del mundo de la canción y yo estoy muy feliz de poder contribuir con eso”.

Los amigos y los conocidos profesionales de Shuli se acostumbraron hace mucho a su nueva identidad; si bien, según él admite, el camino no fue siempre fue sencillo. “La cosa llevó su tiempo, pero yo sigo con mi misión, la cual es presentar mi mundo, el mundo de la emuná, a la gente que no conoce este idioma”.

Sus composiciones son una ventana hacia su propia vida turbulenta de las últimas dos décadas. La canción que da título a su álbum, “Nekudá Tová”, habla del galut y de cómo cada buena acción, por más difícil que resulte o por más cansados que estemos, hará que el sufrimiento finalmente llegue a su fin. La canción “Aieka” es el reflejo de su búsqueda —y la de toda persona sincera— de Hashem en los momentos difíciles: “A veces no tengo fuerzas para estar en Tu mundo… He aquí un judío pendiendo de un hilo… Mientras sigo buscándote, Hashem, en medio de la oscuridad…”.

“Yo escribo sobre mis propias vivencias”, cuenta Shuli. “La gente se conecta porque, francamente, ¿quién no se enfrenta a esos mismos desafíos? La lucha contra el iétzer hará es absoluta y continua. Cada persona se enfrenta a su iétzer hará siete días a la semana, las veinticuatro horas del día. Por eso, una canción como ‘Ben Melej’ sirve para darte un poco más de fuerza para seguir adelante”.

No es ningún secreto que en el mundo de la música actual los CDs no producen ganancias, ya que cualquiera los puede copiar sin dificultad. A pesar de toda su popularidad, “Nekudá Tová” no fue lo que se dice una “máquina de hacer dinero”.

“Es una batalla perdida y no quiero meterme en el aspecto ético”, dice Shuli. “Yo no ando sermoneándole a la gente que copiar un CD es una forma de robo. Sí puedo decir que el público jaredí me dio una agradable sorpresa. Hasta el día de hoy la gente viene y me dice: ‘Shuli, te debo 50 shekels, porque una vez copié tu disco’. Yo les digo que den ese dinero para tzedaká”.

Shuli también se juntó con varios cantantes jasídicos que lo introdujeron a la corriente principal de la música jasídica. Pero si bien “la música jasídica es increíble, y hay muchos músicos y cantantes a los que sigo y me gusta escuchar”, no es ahí donde él prefiere crear. “Mi estilo es diferente. Es personal. Yo jamás compuse una canción a partir de pesukim. Cada una de mis canciones es mi propio viaje personal y mi tefilá personal. Está la tefilá del sidur, escrita por Jazal, y está la tefilá de la hitbodedut, cuando uno habla con Hashem a solas con sus propias palabras. Cuando la persona encuentra un medio de comunicación con su Creador, puede encontrar su emet”.
Shuli reconoce que el sector jaredí en general se cuida mucho de no mezclarse con el mundo de la cultura secular, en el que él mismo participa en forma activa. ¿Acaso es un lugar seguro?

“Mira”, dice Shuli, “en esta época en la que el mundo está tan abierto, en esta ‘población global’ en la que cada persona queda expuesta a todo, no puedo menos que admirar y respetar a aquellos que luchan con valentía por mantener sus límites de aislamiento. Es muy difícil conservar la inocencia en el mundo en el que vivimos y por supuesto que reconozco la necesidad que tiene el tzibur de permanecer limpio. Comprendo la necesidad de establecer una división e incluso siento envidia de aquellos que logran navegar sus propias naves en medio de mares tan turbulentos.

Pero en mi caso… quizás porque estuve donde estuve, puedo presentarme en toda clase de lugares y precisamente desde allí tratar de llegar a la gente. Si desde mi pequeñez soy capaz de hacer algo para alabar Su Nombre, entonces no hay nada que me pueda hacer más feliz”.

Rajel Ginsberg colaboró con este artículo