Palabras de vida

Made in Taiwan. 

Por C. Saphir

 

 

La primera vez que llevé a mi hijo al jeder, la noticia se propagó como reguero de pólvora por toda la escuela. En cuestión de segundos, la entrada estaba colmada de niños mirándome boquiabiertos.

Ahí fue cuando empezaron a cantar:

Sinit, iapanit…  (Que en hebreo significa china, japonesa).

—¡Aní lo sinit! ¡Aní lo iapanit! —les respondí indignada en mi hebreo chapurreado.

Durante un momento se hizo silencio. Entonces, un par de niños preguntaron:

—¿Az ma at? (Entonces, ¿qué eres?)

Aní taiwanesit —les respondí.

Doce años antes no hubiera imaginado que algún día sería una mujer y madre ortodoxa viviendo en Yerushalaim. Por ese entonces, yo vivía sola en un lujoso rascacielos en el Valle de San Fernando y trabajaba en la sucursal de Citigroup de Los Ángeles. Con mi sueldo de seis cifras me podía dar el lujo de cambiar de auto cada seis meses, conduciendo un Mercedes convertible la mitad del año y un Lexus, la otra mitad. Cuando llegaba a casa, ni siquiera tenía que estacionar mi propio auto, porque en  había un empleado encargado de estacionar los autos de los propietarios del edificio.

Cada vez que me pagaban el sueldo, iba a comprarme algo nuevo: alguna joya muy valiosa o una cartera de diseño exclusivo que costaba por lo menos cinco mil dólares. Había llegado a la cima. Para mis padres, ese era el máximo najat.

Como buenos padres asiáticos que eran, mi papá y mi mamá trabajaron muy duro para poder darme a mí, su única hija, lo mejor en todos los sentidos. Siendo una niña pequeña en Taiwán, mis abuelos me cuidaban para que mis padres pudieran mantener y expandir su negocio. A veces, ellos salían de viaje por varios días o incluso semanas.

Mis padres no sólo querían darme lo mejor en todo, sino que también me alentaban a ser la mejor en todo. Desde que empecé la escuela primaria, siempre fui una de las tres mejores alumnas de mi grado. También tomé lecciones de música y arte, y participé en concursos de redacción.

En el secundario no me resultó tan sencillo ser la mejor, porque cuando tenía quince años nos mudamos de Taiwán a Los Ángeles y hasta entonces sólo había hablado el idioma que se habla en Taiwán: el mandarín. Durante todo mi primer semestre en la escuela secundaria en los Estados Unidos, sólo pedía en la cafetería hamburguesas y Coca-Cola para el almuerzo, porque era lo único del menú que sabía pronunciar. Hasta que no logré ampliar mi vocabulario, no pude saborear los tacos y los burritos que miraba con tanto anhelo.

En el secundario, me pasaba cinco o seis horas cada noche haciendo las tareas, porque tenía que buscar prácticamente cada palabra en el diccionario. Pero todo ese esfuerzo valió la pena, porque al final me gradué con un promedio general de 9.5. En la universidad, estudié diseño de modas y tenía planes de entrar al negocio textil de mis padres. Pero al final se me presentó una oportunidad en otra compañía y de allí fui ascendiendo hasta que, a los veintitantos años, obtuve un puesto fantástico en el Citigroup, dirigiendo ciento cincuenta cuentas corporativas.

En el Citigroup, conocí al que sería mi futuro esposo, Jeremías, que era judío laico. Después de que salir varios meses, Jeremías me dijo:

—La verdad es que no conozco mucho de mi patrimonio cultural, pero hay algo que mi padre me dijo antes de morir y es que debo casarme con una joven judía. ¿Te parece que sería posible convertirte al judaísmo?

—¿Qué es lo que tengo que hacer para convertirme al judaísmo? —le pregunté.

—No estoy seguro; me parece que solamente tienes que obtener un certificado —admitió.

—Déjame que averigüe. Mañana te digo qué me parece.

Cuando volví a casa, busqué en Google “judaísmo” y me pasé gran parte de la noche investigando qué significaba ser judío. A partir de lo que entendí, el judaísmo implicaba creer en Di-s, lo cual para mí estaba bien. Aunque mis padres no eran religiosos, había crecido rodeada de cristianos y de alguna manera sabía que había un Di-s. Le dije a Jeremías que no había ningún problema, que me convertiría al judaísmo.

Jeremías fue a hablar con un rabino local y le dijo:

—Conocí a una joven y deseo casarme con ella. ¿Cuánto tengo que pagar para convertirla?

Ese rabino resultó ser ortodoxo. En ese momento no lo sabíamos. De haberlo sabido, no habríamos seguido ese camino. Queríamos una conversión rápida y fácil, no un proceso largo y complicado. Sin embargo, este rabino con el que hablamos no tenía ninguna prisa por convertirme y nos informó que si yo era seria respecto a la conversión, ambos deberíamos asistir a clases, a muchas clases.

Las primeras clases a las que fui me parecieron una locura total. Mitzvot, parashá, halajá. Todos estos conceptos me resultaban completamente ajenos y apenas si entendía de lo que estaban hablando. Sin embargo, a pesar de que para mí nada de todo eso tenía sentido, había allí algo que me atraía.

Aunque tenía todo lo que podía desear en la vida, y lo que no tenía fácilmente podía comprarlo, sentía cierto vacío interior. Era divertido gastar varios miles de dólares en el centro comercial como si nada, pero ese placer no duraba demasiado. Cada compra era seguida por la sensación de “¿y ahora qué?”.

Yo no entendía nada de lo que enseñaban en las clases de judaísmo, pero me di cuenta de que había allí algo significativo. Eso fue lo que me llevó a seguir asistiendo.

Después de varios meses, las piezas empezaron a encajar y entonces entendí de qué se trataba el judaísmo. Con cada halajá que aprendía, comenzaba a sentir: “¡Wow, esto realmente es para mí!”.

Originalmente, la idea era hacer la conversión para poder casarme con Jeremías. Pero en el proceso comencé a preguntarme a mí misma: “¿Estoy haciendo esto sólo para casarme o lo estoy haciendo por mí misma, porque sé que hay un Di-s y quiero obedecer Sus mandamientos?”.

Después de mucho pensarlo, decidí que lo estaba haciendo por mí misma.

Para Jeremías no fue fácil volverse religioso: ponerse una kipá y un tzitzit, comenzar a rezar tres veces por día… Cuando le pregunté si después de mi conversión él planeaba seguir siendo observante, me dijo que no. Entonces le informé:

—Pues yo haré esto de todas maneras, contigo o sin ti.

Después de eso, nos separamos por un tiempo. Sin embargo, al final Jeremías comprendió que yo estaba haciendo lo correcto y al ver con cuánta seriedad me había tomado el tema, eso le dio el ímpetu para seguir adelante.

Después de un año de estudios intensivos, pasé una conversión ortodoxa y cambié mi nombre de Chenguang a Sara. Entonces, Jeremías y yo nos casamos.

Antes de mi conversión, le di toda mi ropa no tzanúa a una amiga. Ella salió de mi departamento llevándose una bolsa gigante de ropa de marca exclusiva y sacudiendo la cabeza, sin poder entender qué bicho me había picado.

Cambiar mi nombre y mi vestuario fue la parte más fácil. Lo más difícil fue explicarles a mis padres por qué de pronto ya no podía comer con ellos y por qué tenía que usar siempre falda, medias y peluca. Pero el desafío más grande de todos, en ese momento, fue renunciar a mi trabajo.

Ningún Rab me dijo que debía dejar mi trabajo y en un primer momento, después de mi conversión, valerosamente traté de mantenerlo. Pero el ochenta por ciento de mis clientes eran hombres y el trabajo implicaba muchas relaciones sociales, lo cual resultaba sumamente inadecuado para una mujer ortodoxa. En la última reunión de ventas de Citigroup a la que asistí, había alrededor de mil personas cenando filete miñón y langosta, mientras yo comía una porción de comida glatt kosher de aerolínea con doble envoltura. Este no es un trabajo para mí, entendí.

¿Cómo iba a reemplazar ese sueldo? Voy a renunciar a mi trabajo, y Di-s me proveerá, me dije a mí misma.

Así fue que en diciembre del 2007 renuncié. Todos pensaron que me había vuelto loca.

Poco después tuvo lugar la crisis financiera y Citigroup casi quebró. En el proceso, la compañía despidió a quince mil empleados de mi antiguo departamento. De no haber renunciado a mi trabajo, lo hubiera perdido de todas maneras. Sentí que Hashem me había dado la oportunidad de dejarlo por propia decisión, en vez de que me echaran.

Poco tiempo después nació nuestro hijo Avi. Habíamos visitado Israel un par de veces, y Jeremías y yo sentíamos que queríamos vivir en Yerushalaim y criar allí a nuestro hijo. Entonces, por segunda vez en mi vida, me mudé a otro continente y entré a una sociedad cuyo idioma y cuya cultura me resultaban completamente ajenos.

Alquilamos un departamento en un edificio ocupado en la mayor parte por jaredim israelíes. En el edificio éramos una de las pocas parejas que hablaban inglés y, obviamente, yo era la única taiwanesa-norteamericana. Durante el primer año, mis vecinas se mantuvieron alejadas de mí y no me hablaron. Pero no me sentí mal por eso. Yo sabía que me veía diferente y recordé mis experiencias de adolescente. Sabía que lleva tiempo integrarse a una nueva sociedad.

Finalmente, al verme día tras día haciendo las mismas cosas que hacían ellas —ir a la makolet, llevar a mi hijo a la plaza, rezar, hacer sponja—, mis vecinas comenzaron a abrirse y nos hicimos amigas.

Mi hebreo era, y sigue siendo, bastante malo, pero me las arreglo para comunicarme con una mezcla de inglés y hebreo con acento mandarín. Y la verdad es que me llevo muy bien con los vecinos. Son personas maravillosas.

Una vecina en particular nos tuvo bajo su protección. La Sra. Isaacs y su esposo eran una pareja mayor, baalei teshuvá, que hablaban inglés, por lo que entendían un poco los desafíos que Jeremías y yo estábamos enfrentando en nuestros esfuerzos por construir una vida de Torá en Yerushalaim. Además, la Sra. Isaacs es una consejera profesional muy solicitada.

Una vez, mientras charlábamos, ella me dijo delicadamente que yo podía mejorar la manera en que me relacionaba con mi esposo y con Avi. Ella había notado que yo no era demasiado afectuosa con mi esposo y con mi hijo.

—¿Te gustaría venir a conversar un rato? —me preguntó. Esa invitación fue seguida por muchas más, y durante todo un año recibí sesiones dos veces por semana en su sala de estar, en forma absolutamente gratuita.

La Sra. Isaacs me ayudó a prestar atención a algo que yo sola nunca hubiese notado, ni en un millón de años: que cambiar de ropa, de estilo de vida y de valores no necesariamente implica que uno cambia como persona. Uno sigue siendo producto de la crianza que recibió, y las relaciones que va forjando son un reflejo de las relaciones que tuvo durante su infancia. Sí, yo vivía como una mujer ortodoxa en Yerushalaim, pero por dentro seguía siendo muy taiwanesa. Para que mi metamorfosis fuera completa, tenía que aprender no sólo a actuar como una mujer judía ortodoxa, sino también a pensar, sentir e interactuar como una mujer judía ortodoxa.

La Sra. Isaacs me ayudó a verme a mí misma y ver mi infancia bajo una nueva perspectiva, mucho más objetiva. Cuando era niña, apenas si veía a mis padres; mis abuelos fueron quienes me criaron. Incluso después de habernos mudado a Los Ángeles, lejos de mis abuelos, mis padres estaban todo el día trabajando fuera de la casa, y yo estaba completamente sola. No tenía hermanos ni amigos, no hablaba el idioma, y todo me resultaba extraño y diferente.

Si bien mantuve una conexión cercana con mis padres tanto antes como después de mi conversión, la relación que tenía con ellos —especialmente con mi madre— estaba teñida de cierta hostilidad, de la cual no tuve conciencia hasta que comencé a conversar con la Sra. Isaacs. A través de nuestro trabajo conjunto, comprendí que en lo más profundo de mi ser, me sentía rechazada por mis padres.

En la cultura taiwanesa (que esencialmente es igual a la cultura china), las personas manifiestan afecto casi exclusivamente a través del dinero o de los objetos. No por nada China es el mayor productor y exportador de cosas en todo el mundo. En la sociedad en la que fui criada, había pocos abrazos, besos o caricias; apenas algún elogio o alabanza y el mínimo posible de tiempo de calidad compartido. Ya de adulta, cuando iba a visitar a mis padres, mi padre siempre me daba mil dólares y me decía: “Ve a comprarte algo”. Mientras más caro, mejor. En mi familia, el dinero equivalía al éxito, al amor y al propósito de la vida.

En ese sentido, la educación que recibió Jeremy fue muy similar. Sus padres, ambos judíos laicos que se divorciaron cuando él tenía diez años, nunca estaban cerca; siempre estaban trabajando, siempre tratando de ganar más dinero.

La Sra. Isaacs me ayudó a entender que mis padres y mis abuelos realmente me amaban, y que el dinero, en su cultura, era el único medio para manifestar ese afecto. También me ayudó a reconocer que aunque mis padres, y la cultura que los rodeaba, giraban en torno del dinero, en verdad,  a ellos sí les importaba mucho la familia. Ese valor también existía en mi interior y, con la ayuda de la Sra. Isaacs, pude aprender a expresarlo abiertamente, de una manera que yo misma nunca antes había conocido.

Además de ayudarme a entender más a mis padres, la Sra. Isaacs también me enseñó un nuevo modelo para interactuar con mi propio hijo. Gracias a ella —y a mis otras vecinas—, aprendí a ser más comunicativa, a manifestar el afecto con palabras y con el tacto, y no confiar solamente en el hecho de brindar ayuda y dar regalos para expresar mi amor. También aprendí a decir “no” de la forma correcta, a fijar límites sanos, y a pasar un tiempo de calidad, relajada con mi familia.

Antes, si Avi me pedía un juguete o una golosina, yo prácticamente era incapaz de decirle que no. En mi mente, negarme a su pedido significaba que no lo amaba. Si estábamos en un negocio y él decía: “Ima, cómprame un chocolate”, yo automáticamente se lo compraba y se lo daba sin decir ni una palabra.

Mi forma natural de manifestar amor era cocinando, limpiando la casa y comprando montones de cosas. Abrazar a mi hijo y decirle “te amo” me resultaba muy poco natural y muy rígido…

—Finge hasta que lo sientas —me aconsejó la Sra. Isaacs.

Y tenía razón: cuanto más abracé y besé a Avi y más lo elogié, más instintivos se volvieron estos comportamientos.

Otra actitud profundamente arraigada que tuve que cambiar fue mi necesidad de ser siempre la mejor. Siendo niña, sentía que obtener las mejores notas en todo era la única manera de ganarme el amor, la atención y la aprobación de mis padres. Ya de adulta, continué exigiéndome a mí misma la perfección en muchas áreas, especialmente en el trabajo, donde siempre deseaba ser la mejor empleada.

Superar mi instinto asiático innato de competencia no fue sencillo. Pienso que lo más importante que aprendí de la Sra. Isaacs es que tengo que ser la mejor versión posible de mí misma, y no la mejor en cuanto a los demás. Aprendí a medir el éxito en términos de quién soy y qué soy capaz de hacer, y no en términos de a qué nivel se encuentran las personas que me rodean. Siempre me digo a mí misma que Hashem me ama pase lo que pase, y que no le tengo que demostrar mi valor a nadie. En vez de alentar a Avi a ser el mejor, le digo que mientras él trate de hacer lo mejor que pueda, yo voy a estar muy orgullosa de él.

Actualmente sigo trabajando en finanzas, pero mi salario está muy lejos de lo que solía ser. Sin embargo, debo decir que tuve razón al creer que Hashem me iba a proveer todas mis necesidades. En los Estados Unidos, tenía más dinero y posesiones de las que alguna vez iba a llegar a necesitar, pero todo lo que tenía no me hacía feliz. Solamente creaba un insaciable deseo de tener más. Al vivir en Yerushalaim tengo muchas menos posesiones pero lo que tengo me causa muchísimo más placer.

Por ejemplo, nuestro auto. Durante los tres primeros años que vivimos aquí no tuvimos auto, y nos movíamos con autobuses y taxis. Después de tres años, Jeremías cerró un negocio de bienes raíces que nos permitió comprar un pequeño Fiat usado. No tenía nada que ver con los autos de lujo que estaba acostumbrada a conducir (las ventanas de nuestro Fiat se deben cerrar manualmente), pero hoy en día me siento afortunada del solo hecho de tener un auto y me da un enorme placer cada vez que conduzco.

Cuando nos mudamos a Israel, dejé atrás toda mi ropa, los zapatos y los accesorios de diseño exclusivo, porque todas esas cosas no tienen ningún significado en Yerushalaim. Aquí la riqueza se basa en los shiurim que dictan personas muy especiales, cuyas vidas y valores están en consonancia con la voluntad de Hashem. Asistir a esos shiurim me enseñó a dejar de mirar a quienes tienen más que yo y matarme trabajando para llegar a tener lo mismo que ellos, y en cambio fijarme en lo que yo tengo y agradecer por cada cosa. Esto me permite disfrutar realmente de cada día. Ese es probablemente el cambio más grande que he llevado a cabo en mi vida.

Dejar atrás mi tierra, mi lugar de nacimiento y mi casa paterna, igual que lo hizo Abraham Avinu, no es una decisión de un momento, sino una constante serie de decisiones difíciles, con obstáculos a cada paso.

A veces tengo mis momentos de debilidad, en los que me pregunto por qué acepté vivir una vida tan pero tan diferente de aquella en la cual crecí, y que además implica tanto trabajo. Pero entonces miro a mi alrededor y no puedo evitar sentirme abrumada de gratitud por todas las bendiciones que tengo en la vida. Tengo una familia, tenemos comida, tenemos un techo, pertenecemos a una bella comunidad y a mi hijo le va bien en el jeder.

Sí, me esfuerzo mucho. Pero ¿quién no lo hace? Mis padres trabajaron duro y también lo hicieron los padres de ellos. Todos mis amigos en los Estados Unidos se matan trabajando. Y sí, es posible que ellos tengan más dinero que yo, pero yo poseo la verdadera riqueza.