El bello equilibrio

Punto de vista.

Por Rab Moshe Grylak

 

 

 

¿Por qué el tanaíta condena a la persona que se detiene a admirar un árbol en el camino?

¿Acaso eso no contradice la idea de que la belleza del mundo es para que el ser humano la disfrute?

Quizás haya motivos ocultos…

 

En el tercer capítulo de Pirkei Avot, hay una mishná que a primera vista resulta inquietante. La mishná dice: “El que va por el camino estudiando  e interrumpe su estudio para decir: ‘¡Qué bello árbol! ¡Qué hermoso campo!’, las Escrituras lo consideran como si comprometiera su existencia” (Avot 3:7).

¿Qué significa esto? ¿Realmente tenemos prohibido disfrutar de la belleza de este mundo y cautivarnos con las maravillas de la naturaleza? ¿Acaso nuestros Sabios no nos han enseñado exactamente lo contrario al exhortarnos a abrir los ojos y el corazón al mundo maravilloso que nos rodea y disfrutar de sus placeres? Cada berajá que decimos es una expresión de agradecimiento, y no se acostumbra a agradecer por algo que está fuera de los límites establecidos por la Torá.

De hecho, una de las birkot hanehenin —las bendiciones que decimos por los placeres terrenales— es la que se pronuncia al ver un árbol bello. La halajá nos manda a recitar la birkat hailanot en la primavera, cuando los árboles frutales comienzan a florecer. Las palabras de la bendición implican claramente que el judaísmo nos impulsa a disfrutar de la naturaleza: «Bendito eres Tú… Quien no ha omitido nada en Su mundo, y ha creado en él creaciones buenas y árboles buenos para que disfruten de ellos los seres humanos».

Si el árbol fue creado para que disfrutemos de él, ¿por qué la mishná impone una restricción? ¿Por qué dice que la persona “compromete su existencia” si se detiene un momento a admirar un árbol bello?

Si ahondamos en las fuentes, veremos que sentir placer al contemplar la naturaleza es de hecho un deber, una obligación religiosa fundamental para todo aquel que desee llegar a ser un tzadik. En muchas instancias, vemos que nuestros Sabios enfatizan el valor de conectarse con la naturaleza limpia y pura como un factor importante para alcanzar una personalidad equilibrada.

Por ejemplo, Rabí Abraham, el hijo del Rambam, escribe que deleitarse con los escenarios naturales es un componente necesario para el crecimiento religioso e intelectual: “Por lo tanto, incluso las personas más venerables, importantes y estudiosas, y hasta los más rectos y piadosos, gozan y se deleitan al ver campos verdes, hermosos jardines y arroyos de agua” (Hamaspik LeOvdei Hashem).

En la época moderna, Rabí Yosef Leib Bloj de la yeshivá de Telz, en Lituania, quien fue una de las personalidades más destacadas del movimiento de musar, se refirió a la importancia del sentido estético como un medio para servir a Hashem. Y así dice:

“La persona de grandeza vive la vida haciendo uso de todas sus fuerzas, con total conciencia y sensibilidad de todo. No debe tratar de reprimir sus sentimientos. En consecuencia, mientras más se eleva, más despiertas y vivas son sus emociones, y también su sentido de la belleza alcanza su máximo desarrollo. Se emociona ante la vista de un glorioso paisaje natural o ante el sonido de una melodía placentera. Y cuando ve una criatura especialmente bella, eso lo afecta profundamente… y sabe cómo aprovechar esa emoción para el propósito más elevado: reconocer al Creador. No sólo que esto no lo daña ni lo hace bajar de nivel, sino que, muy por el contrario, la persona eleva la emoción a un nivel superior y se eleva junto a ella, utilizándola como un medio para poder contemplar a Hashem y Su grandeza» (Shiurei Daat, Volumen I, pág. 194).

Si buscamos las raíces de esta idea en el pensamiento judío, o sea, el concepto de un sentido de la belleza como algo esencial para la persona verdaderamente religiosa, vemos que esto se remonta al mismo Gan Eden, en el momento en que fue creado Adam HaRishón. En la descripción que hace la Torá del Gan Eden, vemos que dice: “Cada árbol que era agradable a la vista y bueno como alimento” (Bereshit 2:9). ¿Qué nos enseña este pasuk?

Explica el Rab Hirsch: “El jardín proveía todas las necesidades materiales del hombre. Sin embargo, las Escrituras anteponen la frase ‘agradable a la vista’ a la frase ‘bueno como alimento’, lo cual implica que satisfacer el sentido de la belleza tiene precedencia sobre satisfacer el deseo del alimento. Aquí es donde se justifica y se santifica el sentido de la belleza. Y también se revela la supremacía del hombre sobre el resto de las especies. En los distintos seres creados se revelan muchas formas diferentes de belleza, hasta el grado en que podemos comprobarlo. El ser humano es la única criatura que sabemos que es capaz de disfrutar de la belleza. Esto demuestra la importancia del sentido estético del hombre para su propósito ético. Disfrutar de la belleza de la naturaleza lleva a disfrutar también de la belleza ética. Si la sociedad no se interesa por lo que es bello, entonces el hombre que vive en esa sociedad es un salvaje. El goce que siente el ser humano por la armonía estética está íntimamente ligado a su goce de la armonía ética” (Rabí Samson Rafael Hirsh, sobre la Torá).

Entonces, ¿cómo es posible que el tanaíta Rabí Yaakov le prohíba a la persona expresar su deleite al ver un árbol bello?

Si analizamos la mishná un poco más profundamente, la cual dice: “El que va por el camino estudiando e interrumpe su estudio para decir: ‘¡Qué bello árbol!…’”, vemos que no es posible que esté diciendo que está prohibido admirar y gozar de la impresionante y tan variada belleza de la naturaleza. Lo que el tanaíta nos está diciendo es que el estudio de Torá posee un valor superior. Si mientras caminas vas pensando en palabras de Torá, y entonces interrumpes tu estudio, y tus pensamientos se desplazan a los árboles en flor, el hermoso cielo azul, el aire fresco y el brillante verde del parque, o a las olas golpeando sobre la playa, entonces estás haciendo de los medios el fin.

Sí, el placer estético es de enorme importancia para el alma humana, pero no es un valor en sí mismo. Sí, es verdad que es imprescindible para el perfeccionamiento del hombre, y que es un medio para alcanzar la belleza ética. Pero cuando alguien está ocupado estudiando Torá —o sea, cuando está ocupado construyendo su estructura interna de belleza a través de las enseñanzas de la Torá—, no debe dejarse distraer por aquello que es simplemente un medio para llegar a ese fin. El tanaíta nos dice que si el individuo se permite esa distracción, entonces no va a poder comprender el lugar que debe ocupar la Torá en su vida. ¿Es de extrañar entonces que en ese caso la persona ‘comprometa su existencia’?

Recordemos que el tanaíta habla de la persona que interrumpe su estudio. Decir: “¡Qué bello árbol!” es una mitzvá. Disfrutar de los placeres de la vida, dentro de los límites establecidos por la Torá, es cumplir la voluntad de Hashem, y las bendiciones que decimos al permitirnos esos placeres agregan una dimensión espiritual  —el reconocimiento y la gratitud a  Hashem—,  profundizándolos aún más.

Pero si alguien piensa que debe interrumpir su estudio para tomar un sorbo de la copa de los placeres de la vida —es decir, si percibe una contradicción entre la vida de Torá y mitzvot, y la ‘vida real’—, entonces “las Escrituras lo consideran como si comprometiese su existencia”, porque eso demuestra que no entiende ni la Torá ni la vida.

El Rambam dice que la vida es como un horno ardiente. La persona que se apoya sobre el horno sufrirá graves quemaduras, mientras que el que está demasiado lejos sufrirá por el frío. La persona sabia, que posee una visión clara de la realidad y que conoce las leyes de la naturaleza y las limitaciones de su cuerpo, se ubicará a la distancia ideal del horno, desde donde podrá beneficiarse de su calor sin peligro de quemarse.

Lo mismo ocurre con la vida. Si la persona se mantiene alejada de la vida por miedo a sus tentaciones, entonces los poderes naturales de su alma quedarán atrapados, como si viviera en el Polo Norte, en una tierra helada que le marchita el alma y le distorsiona el sentido moral.

Pero, por otro lado, aquel que se vuelve adicto a la satisfacción desenfrenada de todos sus deseos, llevando la indulgencia física al extremo, se asemeja a aquel que se apoya sobre el horno: el fuego lo consumirá.

Lo que Rabí Yaakov nos está enseñando es que debemos mantener el equilibrio. Para poder vivir bien, dando expresión a todas las fuerzas creativas dentro del individuo y del ente colectivo, no es necesario rechazar la Torá y su ética. Por el contrario, la Torá provee el marco de equilibrio adecuado que le permite al individuo aprovechar al máximo sus poderes. Eso lo mantiene alejado del calor extremo de la inmoralidad, que incinera al hombre y a la sociedad, y también del extremo opuesto, el helado ascetismo.

Rabí Yaakov está diciendo que algunos pueden pensar que la Torá es una barrera que impide que la persona disfrute de la vida. Pero en verdad, lo que está haciendo es mantenernos en la temperatura ideal.