La Batalla de los Símbolos

Perspectivas.

Por Yonatán Rosenblum

 

 

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Los grandes titulares anuncian una completa ruptura de las relaciones entre Israel y la Diáspora.

El presidente de la Agencia Judía, Natan Sharansky, amenaza con romper las relaciones con el gobierno israelí.

La controversia sobre la decisión del primer ministro Benjamín Netanyahu de “congelar” la implementación del acuerdo de 2016 acerca del Kotel tiene, sin ninguna duda, a ciertos grupos judíos de formación profesional con los pelos de punta.

Pero ¿en qué consiste realmente la controversia? Primero aclaremos en qué no consiste. Primero y principal, no tiene nada que ver con el deseo ferviente de los judíos reformistas y conservadores de rezar en el Muro Occidental, porque eso ya pueden hacerlo. Desde el año 2000, se designó un lugar en el Arco Robinson para los rezos igualitarios, y el movimiento conservador ha utilizado esa área para la celebración de algún que otro bar mitzvá y para los grupos de jóvenes que llegan en el verano. En 2013, el ex ministro de asuntos religiosos, Naftali Bennet, anunció los planes de expandir y renovar drásticamente toda esa área. Todo eso fue aprobado sin ninguna objeción.

El Muro Occidental no tiene ningún significado religioso especial para los movimientos heterodoxos, los cuales se horrorizarían ante la idea de la reconstrucción o el descenso del Cielo de un Tercer Templo en el mismo lugar en el que estuvieron los dos primeros Templos, y la reinstauración del “culto de los sacrificios” (tal como ellos “apodan” a los korbanot). Desde su creación, el reformismo alemán llamó a sus lugares de culto “templos”, lo cual era una afirmación respecto a que los judíos reformistas no albergaban ninguna aspiración nacional ni añoraban el Templo en Jerusalem. Por la misma razón, los judíos reformistas se describían a sí mismos como alemanes de “fe mosaica”, indicando que el judaísmo es únicamente una religión y no una identidad nacional.

LA DISPUTA tiene que ver, básicamente, con el deseo de los movimientos heterodoxos de recibir de parte del gobierno israelí el visto bueno oficial respecto a que el judaísmo no tiene un significado objetivo sino que es lo que cualquier grupo de judíos diga que es. El plan de compromiso habría fijado en forma oficial que el área establecida para los rezos no tradicionales debía ser dirigida por un cuerpo compuesto de dos representantes del movimiento conservador, dos del movimiento reformista y seis mujeres no ortodoxas. Además, habría tenido una entrada común para todas las áreas de rezos, con el mensaje implícito de que el judaísmo es un “menú a la carta”, en el que cada uno puede elegir la versión que más le gusta; en lo que concierne al gobierno israelí, todos son iguales.

Este es precisamente el mensaje al cual se opuso el Rab Moshé Sherer en la histórica misión Am Ejad en 1997, la cual constituyó también su último empeño público. Él trató de prevenir que en Israel ganara apoyo la noción de que el judaísmo está compuesto por múltiples corrientes, ya fueran tres o cuarenta y nueve. Y es eso mismo contra lo cual luchan los partidos jaredíes hoy en día.

Según los líderes judíos de la Diáspora, el Primer Ministro Netanyahu les asestó un golpe fatal a las relaciones florecientes entre la Diáspora e Israel. Eso no es cierto desde hace ya un cuarto de siglo y la culpa la tienen más que nada las fallas de los movimientos heterodoxos.
Hace más de una década, el sociólogo Steven Cohen y el rector del Seminario Teológico (Conservador), Jack Wertheimer, preguntaron en la revista Commentary: “¿Qué ha pasado con el pueblo judío?”. En una sola década, entre 1990 y el 2000, la afiliación a las organizaciones judías se había reducido en un veinte por ciento y las donaciones a la federación judía, en un tercio.

Menos de la mitad de las personas judías menores de treinta y cinco años afirmaron que los judíos de todo el mundo son responsables los unos de los otros. Y tanto los judíos jóvenes como los mayores comienzan a sentir que participar y donar para causas judías refleja un “tribalismo intolerante”. Solamente el 6 % de las donaciones de los grandes filántropos judíos están destinadas a causas “con cierta identidad judía”.

En otro estudio distinto —llevado a cabo por Cohen y su colega, el sociólogo Ari Kelman—, acerca de las actitudes hacia Israel, los resultados son todavía más deprimentes. Entre los judíos menores de treinta y cinco años, la apatía cedía el paso a un franco resentimiento. Sólo el 54 % de los judíos de esa categoría se sentían cómodos con la sola idea de la existencia de un estado judío.

Y las cosas están cada vez peor. Fern Oppenheim, publicista dedicado a renovar la imagen de Israel después del 9/11, dijo la semana pasada, en la Conferencia de Hertzlía, que los estudiantes universitarios judíos son el único grupo que ha demostrado una drástica tasa de aumento en su apoyo a los palestinos: un 18 % en el lapso 2010-2016. Al parecer, los estudiantes judíos sufren una especie de síndrome de Estocolmo. Un tercio de estos jóvenes han sido víctimas de antisemitismo en la universidad y esos ataques no han consolidado su determinación sino que, muy por el contrario, la han debilitado.

Ser anti-Israel ha pasado a ser la forma favorita de pseudo-altruismo entre los estudiantes universitarios judíos de ultra izquierda. Ellos han “comprado” el concepto de “interseccionalidad”, que está tan de moda últimamente y que ubica a los musulmanes en el sitial de las “víctimas orgullosas”, mientras que a los judíos los coloca en la cima del escalafón de los “blancos privilegiados”. Hace poco, James Kirchik hizo una crónica en el diario Tablet, detallando cuántos de los principales partidarios de la feminista musulmana Linda Sarsour son judíos, pese al nada disimulado odio que ella profesa al Estado de Israel y su ferviente deseo de verlo desaparecer de la faz de la tierra.
Hace ya una década, menos de la mitad de los judíos norteamericanos menores de treinta y cinco años decían que, para ellos, la destrucción de Israel sería una tragedia personal. Y lo han demostrado con sus actos.

El presidente Obama cerró un pacto nuclear con Irán liberándolo de todas las restricciones en su programa nuclear por un lapso de menos de diez años a partir de ahora, y dejando a siete millones de judíos en Israel bajo el nubarrón permanente de la amenaza nuclear.

A la mayoría de los judíos en la Diáspora ni siquiera les interesa saber por qué sus hermanos judíos en Israel pasaron de un entusiasmo mesiánico por el acuerdo de Oslo en 1993 a un abrumador consenso respecto a que en la actualidad no hay ninguna manera viable de llegar a un acuerdo de paz con los palestinos. Ellos simplemente siguen adelante con sus condenas de “ocupación” y aceptan de buena gana la descripción que se hace de Israel como el “brutal poder colonialista que oprime a los pobres palestinos”.

La mayoría de los judíos norteamericanos, para decirlo sin rodeos, demuestran más interés por temas como los baños transexuales que por la vida y la seguridad de los judíos de Israel.

LA PÉRDIDA DE todo sentido de identidad nacional judía entre los judíos norteamericanos y la correspondiente disminución de apoyo a Israel no es inexplicable. Más de cuatro de cada cinco matrimonios en los Estados Unidos son matrimonios mixtos. Y los descendientes de esos matrimonios obviamente están muchos menos conectados con el pueblo judío que sus abuelos y bisabuelos.

Y lo peor de todo es que el judaísmo norteamericano ha arrojado la toalla. En respuesta al “Retrato de los judíos norteamericanos”, publicado por el Centro de Investigaciones Pew en 2014, que mostraba que los judíos no ortodoxos están en vías de extinción, un panel de escritores y eruditos judíos se reunió para considerar posibles antídotos. Pero sus sugerencias —por ejemplo, incrementar el apoyo a la educación judía y la formación de familias judías— cayeron en oídos sordos.

Jonathan Tobin, uno de los participantes de aquel panel, escribió: “Todo esfuerzo por alentar los matrimonios entre judíos… ahora es considerado no sólo como desconectado de la realidad, sino también como una muestra de ‘malos modales’. La mentalidad predominante consiste en rechazar toda política que de alguna manera resulte ofensiva a aquellos que se casan con personas de otras religiones o incluso a aquellos que no desean criar a sus hijos como judíos”.

Lejos de ser parte de la solución, los movimientos heterodoxos han demostrado ser parte del problema. Y han cosechado lo que sembraron. Hoy en día, el grupo más numeroso entre los jóvenes judíos es el de los “no afiliados”, e incluso muchos de aquellos que se describen a sí mismos como “reformistas” usan el término principalmente como sinónimo de un compromiso religioso mínimo.
Por sobre todo, la heterodoxia no ha logrado brindar una respuesta a la pregunta existencial: ¿Qué diferencia hay si el pueblo judío sigue o no sigue existiendo colectivamente? Y sin una respuesta a esta pregunta no hay ninguna base para una identidad judía ni puede haber preocupación por la seguridad y el bienestar de nuestros hermanos en Israel.

La falta de una respuesta a la pregunta de por qué es importante la existencia del pueblo judío no es un accidente histórico, sino que es algo inherente al mensaje heterodoxo respecto a que el judaísmo no es más que lo que un grupo determinado de judíos decide que sea. Una de las fundadoras de las Mujeres del Muro me confesó cierta vez que ella no lograba encontrar un motivo valedero para negarles a los Judíos por J. el acceso al Kotel. No me sorprendí.

Tras el sorpresivo triunfo de Donald Trump frente a Hillary Clinton, los templos reformistas han experimentado un leve aumento de asistencia, al convertirse en tiendas de duelo. Pero al hacerlo, solamente han reforzado su propia falta de relevancia. Porque si el judaísmo es completamente congruente con el pensamiento moderno progresista, ¿a quién le hace falta? ¿No tiene más sentido buscar pareja entre el grupo más grande, de aquellos que comparten las mismas ideas políticas?

PERO LAMENTABLEMENTE los partidos jaredíes al final van a pagar un precio muy alto por su obstinada determinación en negar una victoria simbólica a aquellos que proclaman que el judaísmo es cualquier cosa que a uno se le ocurra. Desde un punto de vista práctico, esa determinación logró quitar la provocación de las Mujeres del Muro de la sección de las mujeres del Kotel. Sin embargo, esa misma determinación puede llegar a costarle la victoria.

La aparente victoria de la semana pasada puede terminar siendo muy breve. Presionado, el Primer Ministro Netanyahu es perfectamente capaz de descongelar el compromiso la próxima semana. Y si él no lo hace, la Corte Suprema Israelí es la que tiene más posibilidades de revocar esa decisión.

¿Acaso es este otro ejemplo más de lo que se llama una “victoria pírrica”? Durante aproximadamente cinco años, el tema del poder político jaredí no estuvo en las primeras planas. Ahora ha resurgido con fuerza. Y eso puede ser la puerta de entrada que espera Yair Lapid para llegar a ser primer ministro.

Pero lo más importante de todo es que hay un equilibrio desde el punto de vista de la Torá misma. En Israel, mientras menos se hable de la comunidad jaredí como fuerza política, más factible será que los judíos israelíes se dediquen a estudiar Torá.

En los últimos años, ha habido en Israel un creciente interés por el estudio de la Torá por parte de los judíos no observantes. Ellos buscan una respuesta a la pregunta que surge inevitablemente ante los sacrificios que se presentan al vivir en Israel: ¿Qué tan importante es nuestra existencia colectiva como judíos como para justificar tanto sacrificio?

Hagamos tefilá para que el debate no quede ahí…