Mi primer cochecito de bebé

Historias de vida.

Por Yehudit Frank

 

Primero viene el bebé y después, el cochecito para el bebé, ¿verdad?

Yosef no podía entender por qué no podíamos hacer una excepción a la regla. Pero yo no quería saber nada al respecto.

—Me estás pidiendo demasiado —dije entre llantos—, no puedo hacerlo. Si sientes que es lo correcto, cómpralo tú mismo y no me involucres en esto. No puedo ir a comprar  un cochecito de bebé.

Me detuve en medio de la rabieta, miré a mi marido y deseé que me dejara fuera de esa idea absurda.

Ruben Azulay, el jevruta de mi marido, había llevado a Yosef a un Rab para recibir una berajá. Estaba decidido a obtener la promesa que dentro de un año estaríamos del otro lado de la cerca.

—Estábamos esperando —me dijo mi marido— y finalmente, nos llegó el turno. Ruben le pidió al Rab que nos hiciera una promesa. Le suplicó una, dos veces, pero el Rab sacudió la cabeza y yo comencé a retroceder. Ruben lo presionó: ¿Yosef debe comprar un cochecito de bebé? En ese momento, el Rab asintió y dijo que sí tenía que comprar un cochecito de bebé. Tomó mis manos y me dio una cálida berajá.

¿Una promesa? ¿Eso es lo que los hombres consideran una promesa? ¿Era esa una razón suficiente para pasar la humillación y la tortura de ir a comprar algo para un bebé que todavía no existe?

Sin embargo, no me atreví a apagar la chispa en los ojos de Yosef, llenos de esperanza y expectativa.

El lunes Yosef regresó temprano de la ieshivá, preparado para salir de compras.

—¿A dónde iremos? No estoy dispuesta a que me vean entrar a un comercio del barrio —dije.

—Iremos a la hora de la cena, cuando no hay nadie.

—¡No, no y no! Y tampoco irás solo. No quiero que nos vean en un negocio que vende artículos para bebés.

—Muy bien, entonces vayamos a Mi bebé o a Dulce Espera, que quedan a media hora de viaje. Allí no habrá nadie conocido.

—De ninguna manera pisaré un comercio que vende artículos para bebés —dije empecinada—. La única manera en que lo haremos es si lo compramos online.

A mi marido le gustó el plan.

Esa misma noche nos sentamos frente a la computadora.

—Entonces… —Yosef me miró y yo lo miré a él.

Era cómico. Era incómodo. Era perfectamente ridículo.

—Muy bien, aquí tienes —dijo mi marido mientras me entregaba el mouse—. Te doy el honor de elegir.

Muchas veces soñé con el momento en el que decidiría cómo llevar a pasear a mi bebé. Pensé que sería un momento mágico, lleno de alegría y expectativa.

Nunca pensé que sería de esta manera. Sentía que estaba haciendo trampa.

Finalmente, me decidí por un Maclaren negro y gris, igual al que mi hermana y una amiga habían comprado recientemente para sus bebés.

En el momento en que íbamos a pagarlo, se presentó ante mis ojos un escenario mortificante: me imaginé a los vecinos de mi edificio preguntándose por qué llegaba a nuestro nombre una caja enorme con un dibujo de un cochecito de bebé.

—¡No podemos hacerlo! —detuve a mi esposo— ¿Qué van a pensar los vecinos?

Intentamos que nos lo enviaran envuelto para regalo.

Lo sentimos. La caja es demasiado grande para ser envuelta para regalo.

No había otra dirección a la cual enviarlo porque no había nadie con quien quisiéramos compartir nuestro pequeño secreto. Era demasiado personal, demasiado raro.

—Escribamos cualquier nombre —sugirió mi marido.

—No es una mala idea —admití.

—¿Qué nombre podemos usar?

—Podría ser Miriam —dije.

En mi familia había muchas “Miriam” en honor a mi abuela. No tener un bebé era doloroso y que se me negara una “Miriam” era insoportable.

—Muy bien —dijo mi marido— y que el apellido sea Azulay. Rubén merece que pongamos su apellido por ser el responsable de todo este lío.

Así fue: Hicimos el pedido para “Miriam Azulay”.

Durante los días siguientes, montamos guardia junto a la ventana y estuvimos atentos a las entregas del correo. La caja llegó temprano un martes y la recibimos sin que ningún vecino lo notara.

Ahora teníamos otro problema: La caja era grande. Muy grande.

Teníamos que encontrar un buen lugar para esconderla: no cabía debajo de las camas; no cabía en el armario de los abrigos. De repente, tuve una idea: ¡detrás del ropero!

Cuando nos mudamos, descubrimos que el ropero no entraba en la habitación, así que tuvimos que colocarlo de forma diagonal en una esquina, dejando un hueco entre el ropero y la pared.

Corrimos el ropero, colocamos la caja en el espacio vacío y volvimos a ponerlo en su lugar.

Quedó perfecto. Fuera de la vista. Fuera de nuestra mente.

No volví a ver el cochecito de bebé hasta la víspera de Pesaj cuando corrí el ropero para limpiar y lo encontré allí. Limpié rápido el rincón y al terminar volví a colocar la caja en su lugar y me despedí de ella con mucha angustia.

Unos meses más tarde fui a visitar a una de mis cuñadas que había dado a luz. Había varias amigas allí y la conversación giró en torno al cochecito de bebé que ella quería comprar.

—Bueno, yo quería el Maclaren negro y gris —dijo mi cuñada—, pero llamé a muchos negocios y me dijeron que ese modelo no se sigue fabricando. En cambio, me ofrecen uno nuevo, beige y rojo, horrible. Me encantaría poder encontrar el otro en alguna parte, estoy segura de que en algún negocio debe quedar alguno.

Tuve que esforzarme para no reaccionar.

¡Puedes llevarte el mío! Hay un Maclaren en una esquina oscura de mi habitación a la espera de un bebé que no llega.

Llegó el siguiente Pesaj y volví a encontrarlo en su rincón. Llamé a Yosef:

—¡Por favor, por favor, despréndete del cochecito de bebé! Véndelo, regálalo, tíralo.  Me pone nerviosa. Me quita la paz mental. Haz algo con él.

—Me ocuparé —respondió mi marido.

Sin embargo, el cochecito quedó olvidado allí hasta el Pesaj siguiente.

Para entonces el cochecito de bebé no sólo me molestaba, sino que me enfurecía. ¿Qué hacía en mi departamento? Mis parientes y amigos temían pronunciar cualquier palabra que aludiera al tema. La conversación «¿qué cochecito debo comprar?» nunca tenía lugar en mi presencia. Y yo, la pobrecita sin hijos, tenía un antiguo Maclaren escondido en mi habitación.

Ese cochecito de bebé tenía que desaparecer.

Mandé un mensaje de texto a mis amigas —las amigas que tampoco necesitaban un cochecito de bebé—, y les conté sobre el “elefante” que tenía escondido en mi habitación.

Les pedí que le encontraran un nuevo hogar. Estaba dispuesta a donarlo a cualquiera que no le importara usar un modelo con dos años de antigüedad. ¡Incluso pagaría para que se lo llevasen!

¿Todavía estás buscando la manera de liberarte de ese cochecito? —Me escribió una amiga algunas semanas más tarde.

—¡Sí!

Llámame.

La llamé y me contó que sus vecinos no tenían dinero para comprar un cochecito para su bebé recién nacido; ¿era posible que su esposo viniera a buscar el que yo tenía guardado?

Me alegró la idea de poder ayudar a quien lo necesitaba y a la vez deshacerme de ese cochecito que me angustiaba. Puse una única condición: tenía que llevárselo de manera disimulada.

Fue así que me despedí del cochecito de bebé, preguntándome por qué no estaba destinado a ser mío.

Cuatro meses más tarde, una ecografía de seis semanas mostró que en mi vientre latían dos pequeños corazones. ¡Estaba esperando mellizos!

Así comprobé que ese cochecito de bebé no era para mí.

¡Yo necesitaba uno doble!