Shlomó HaMelej y el ladrón

Cuentos para niños.

Por Rajel Gross

 

 

Sucedió que una vez tres hombres emprendieron un largo viaje. Los hombres llevaban encima una fortuna. Cuando llegó el viernes, los tres hombres aún estaban lejos de llegar a destino, de modo que se hospedaron en un hotel y se quedaron allí hasta Motzei Shabat.

Antes de que empezara Shabat, trataron de ponerse de acuerdo sobre dónde guardar el dinero. Finalmente, decidieron esconderlo en un lugar seguro hasta después de Shabat.

Al terminar Shabat, los hombres empacaron sus cosas y fueron a sacar el dinero del escondite. Pero entonces… ¡qué horror! ¡El saco de monedas de oro había desaparecido sin dejar rastro!

Nadie había visto a los viajeros escondiendo el dinero. Los únicos que sabían de la fortuna escondida eran ellos tres. Era obvio que uno de ellos había robado el dinero.

Los tres se miraron el uno al otro furiosos.

—¡Tú robaste el dinero! —le gritó el primero al segundo.

—¡Yo no fui! —respondió el segundo, enojado–. ¡Seguramente fuiste tú! ¡O tú! —culpó al tercero.

Pero los tres negaron haberse apropiado del dinero.

Cuando se dieron cuenta de que así no iban a llegar a ninguna parte, los tres decidieron ir a consultar a Shlomó HaMelej. Después de todo, él era un gran sabio; seguramente, él descubriría quién era el ladrón.

Shlomó escuchó cuidadosamente la historia y les dijo que regresaran en unos cuantos días, y entonces les anunciaría el veredicto. Una vez que los hombres se fueron, Shlomó se puso a pensar cómo iba a hacer para descubrir la identidad del ladrón. Después de cavilar un buen rato, Shlomó decidió que les haría una pregunta a los tres hombres y de acuerdo con las respuestas que estos le dieran, él sabría cuál de ellos era el culpable.

Varios días después, los tres regresaron. Entonces, les dijo Shlomó HaMelej:

—Enseguida voy a decirles quién es el ladrón. Pero antes de eso, quiero consultar con ustedes acerca de una carta que recibí del emperador romano, en la que me cuenta una historia que ocurrió en su reinado y quiere mi opinión. Esto fue lo que ocurrió: “En Roma, había dos muy buenos amigos. Uno tenía un hijo; el otro, una hija. Los dos decidieron que cuando sus hijos crecieran, se casarían. Sin embargo, si alguno de los hijos quisiera casarse con otra persona, podría hacerlo, siempre y cuando primero le pidiera permiso al otro. Y así fue. Cuando la joven llegó a la mayoría de edad, quiso casarse con otro muchacho. Por lo tanto, fue a ver al primero, tal como se había acordado, y le pidió permiso para casarse con otro hombre, ofreciéndole a cambio una gran cantidad de oro y plata.

El muchacho le dio las gracias por cumplir su palabra y le dijo que podía casarse con quien quisiera, y además no quiso aceptar el dinero ofrecido como compensación. La muchacha regresó a su casa feliz pero, desgraciadamente, fue atacada por un grupo de bandidos que le robaron todo su dinero. Ella se puso a llorar y a rogarles misericordia, y les contó toda la historia. Y al final les dijo así: ‘Miren qué bondadoso fue este muchacho conmigo. Él no aceptó ni una sola moneda de mí, si bien podría haber recibido toda esta fortuna sin ningún problema. ¿Y ahora ustedes quieren robármelo todo?’.

El jefe de la banda, conmovido por la historia, decidió devolverle el dinero y le permitió proseguir su camino sin causarle ningún daño”.

—Y ahora —les dijo Shlomó HaMelej a los tres hombres—, el emperador romano quiere saber cuál de los tres es más digno de alabanza. ¿Acaso la muchacha, que cumplió con su palabra; o el muchacho, que la liberó de su compromiso; o quizás el bandido, que le devolvió el dinero? Ustedes, ¿qué opinan?

El primer hombre dijo que él pensaba que la muchacha era la más digna de alabanza. El segundo hombre opinó que el muchacho había sido el más bondadoso. El tercer hombre respondió que el ladrón que había regresado el dinero era el mejor de los tres.

¡Tú eres el ladrón! —exclamó Shlomó HaMelej, apuntando al tercer hombre. Todos lo miraron con asombro.

—Si eres capaz de alabar a un ladrón por devolver el dinero que robó, eso quiere decir que el dinero te enceguece. Por lo tanto, tú fuiste quien robó la fortuna del escondite. ¡Devuelve el dinero inmediatamente!

El hombre se puso a llorar y, tras admitir que efectivamente él había sido quién robó el dinero, se lo devolvió de inmediato a sus legítimos dueños.